(Relato para la revista Al viento, editada por el Instituto Técnico Comercial Cuatrovientos, en el que cursé tres años de lo que entonces se daba en llamar Formación Profesional)

Veo fantasmas

En estos últimos días me están pasando cosas extrañas, curiosas, impactos a la razón y al corazón relacionados con mi etapa estudiantil, por llamarla de algún modo, en Cuatrovientos. De aquella época todavía conservo mi pasión por la lectura, algunos amigos que todavía andan por aquí y un recuerdo agridulce del profesorado. Pequeños trozos de metralla que ni el mejor cirujano podría extirparme. El caso es que de dos semanas a esta parte el recuerdo del instituto me ha asaltado tres veces en forma de fantasma. En una de estas ocasiones lo encontré disfrazado de banquero sentado en una terraza de Carlos III. Me llamó a gritos por mi apodo y, aunque en un principio no lo reconocí, educadamente me acerqué y le di la mano. De pronto encontré en su mirada a mi compañero de pupitre y pellas. El otrora macarra de la clase; indisciplinado, bocazas y pichabrava, se encontraba ante mí encorbatado, gordo, con anillo de oro en el anular y traje impecable. Lo abracé sinceramente. Tuvimos una breve conversación. Trivialidades. Qué tal la vida. Estás más viejo, cabrón. Pues anda que tú. No había mucho más que decir: los caminos de la vida habían corrido tan por separado que en los primeros diez segundos incómodos de silencio que tuvimos decidimos separarnos con un ya quedaremos algún día para echar unas cañas. Así que le volví a abrazar y retomé mi camino, en dirección contraria, un poco más solo y más triste.

El fantasma volvió a aparecer dos días después. Esta vez iba completamente desaliñado, con el pelo largo y completamente canoso, barba de meses y empapado en vino, por fuera y por dentro. Yo llevaba a mi hijo a hombros, era un día especial en Iruña, no recuerdo qué se celebraba. Tal vez carnavales o algún festejo tradicional. No sé. El indigente caminaba delante de mí dando traspiés y se me cayó encima en repetidas ocasiones. En una de ellas rebasó el límite de mi paciencia y, sin dejar de sujetar a mi hijo con una mano, con la otra lo agarré del cuello dispuesto a estamparlo contra la pared. Al acercar su cara a la mía reconocí detrás de su aliento a otro compañero de clase. El empollón de conducta intachable, el que nunca se metía en líos ni hacía borota. El que te pasaba los apuntes y al que nunca escogían para jugar al baloncesto. Susurré su nombre. Me miró y sonrió. Lo dejé sentado en el escalón de un portal de la Estafeta. No nos dijimos nada. Antes de marcharme le metí veinte euros en el bolsillo de la camisa. Y seguí caminando. Más solo. Más triste.

La tercera de las veces que me comuniqué con el fantasma fue por teléfono. Llamó una mañana de resaca. Esta vez iba sin disfrazar. Era uno de mis profesores que, junto a Javier Gómez, constituían todo el núcleo docente con el cual yo tenía complicidad. Era Juanjo. El Yayo. Me cuenta en dos minutos que la revista Al viento, en la cual yo colaboraba, cumple veinticinco años y que si me apetece escribir algo al respecto. Veinticinco años. Me entra vértigo al pensar en el tiempo. Le digo que sí. Algo haré, no sé el qué. Lo bueno de tener el síndrome de Diógenes es que todavía conservo algún ejemplar de la revista. Subo al trastero y la encuentro: Al Viento, Semana Cultural, I.T.C. Cuatrovientos, 1992. Hace dieciocho años de aquello. Me cago en la puta. La hojeo y esta vez me atacan, desde sus páginas, cientos de fantasmas. Ahí están mis dibujos y las fotos de personas a las que posiblemente no vuelva a ver. Ahí encuentro mi foto de adolescente imberbe e inocente. Las sonrisas de lo que pudieron ser amigos de verdad de los que me separé o se separaron. El recuerdo de mi perro Rosendo, con el que iba a la redacción de la revista esquivando al conserje. Mañanas y tardes de compadreo sincero y cervezas clandestinas metidas en una papelera mientras las galerías bullían de pura vida.

No sé si es exactamente esto lo que quería Juanjo que le escribiese. En todo caso la culpa se la tendrá que echar a mi corazón, que es el que ha dictado estas líneas. En fin, mi perro Rosendo murió y tal vez el chaval que se sentaba en mi pupitre también, pero la llamada de Juanjo me ha hecho sonreír. Esta noche, y sin que sirva de precedente, pienso dormir con mis fantasmas. Quizá así no esté tan solo. Quizá.