(Artículo para la revista Heavy Rock)

Todos los días amanece un tonto

“Kutxi, ¿por qué te compras discos?”. Me lo dice mi hermana pequeña, la Maribel. Me lo dice observando mi vasta colección: dos mil y pico ejemplares entre vinilos, cedeses y cintas. Y la miro y no sé que contestarle. No tengo argumentos. Le podría soltar una larga perorata acerca de la honestidad, el respeto, el arte y lo bonito que es bailarle el agua a esa cuadrilla de gandules que somos los músicos en general, pero se me antoja absurdo. Le diría que cuando su hermano mayor tenía catorce años ahorraba dos talegos de las pagas y se compraba un vinilo que todavía conserva como oro en paño. Le contaría que cada uno de mis mejores recuerdos danza alrededor de canciones asaeteadas por las agujas en bares que ya no existen. También le explicaría que cuando ella no levantaba un palmo del suelo yo le ponía los vinilos del Rosendo y de los Extremoduro y le tocaba la guitarra por encima para que bailara. Pero me callo como una puta. A fecha de hoy mi hermana es una bailaora reconocida y con una amplia cultura musical. Y sin haberse gastado un duro en discos, la pájara. Claro, a ella le pilló de chinorri lo del internet y las descargas y el emule de los cojones. Ella supo estar a la altura de las circunstancias; adaptarse, investigar, seleccionar y adquirir lo mejor de cada patio. Maribel no llenó las paredes de su habitación de canciones malas ni, lo que es más importante: su cabeza. A ella no se la han pegado. Qué envidia. Mientras mi hermanita decía que a otro perro con esa longaniza, yo esperaba como un subnormal la salida del disco de tal y de cual y me negaba a reconocer el olor a mierda de ninguna de las obras de los Mesías de mi particular religión. El tiempo me ha quitado la razón y los Mesías llevan braguero ortopédico y me hacen pedorretas desde la limusín. Hijos de perra, que bien me la habéis clavado. Así que aquí me quedo, con cara de gilipollas y sin saber que decirle a la descendiente menor de la saga Romero. Estoy a punto de contarle que, hace seis meses, con un ticket de compra del hipermercado, me tocó un Ipod de esos. Un cacharro que, por lo visto, puede almacenar todos los discos del vecindario en lo que ocupa la mitad de un paquete de Ducados, que además sirve para ver vídeos y que tiene entradas USB, NBA y FBI a las que les puedes meter hasta la churra para que el Bill Gates te la barnice. Estoy a punto de contárselo, pero me da vergüenza confesarle que no sé ni como se enchufa y que todavía lleva el envoltorio puesto. Me da lacha relatarle que en los últimos seis años apenas me he bajado de internet media docena de discos. Sé que no puedo convencerle de lo importante que es la adquisición de material original y, lo que es peor, sé que no puedo convencerme a mí mismo. Así que empiezo a calcular mentalmente lo que me darían en una tienda de compra-venta por toda mi colección y llego a la conclusión de que lo mejor sería venderla al peso. Sí. Pero caigo en la cuenta de que la chatarrería de mi barrio hace diez años que cerró y de que la tienda de vinilos cerró hace cinco. Como no me de prisa pronto cerrarán la escombrera. Y entre un pensamiento y otro mi hermana se ha puesto los cascos de su Ipod y no me está haciendo ni puto caso, así que cojo la puerta y me voy a la tienda del Pinzolas, a ver que discos han salido esta semana. Tarde, demasiado tarde. El cartel en la puerta de la tienda me hace pensar en que sí, Maribel, que sí, que tienes toda la puta razón, que aquí lo pone bien clarito para todos los idiotas que creíamos que no llegaría el día. Bien clarito: LIQUIDACIÓN POR CIERRE. Mierda puta.