(Artículo para la revista Suralia)

Prioridades

Cuando uno está inmerso en el proceso creativo o de creación, y más si éste es constante, como es mi caso, padece una aparente ausencia total de sentimientos y empatía. Dicha actitud suele confundirse con un exceso de ego, estupefacientes, bebidas espirituosas o un estar hasta las gónadas, lo que vienen siendo los cojones de toda la vida, de este planeta infecto e inmundo y, por extensión, de todos los seres que lo pueblan. Ombliguistas, nos llaman. O artistas, en el sentido despectivo y primigenio de la palabra. Y lo peor de todo es que tienen razón. Toda.

Estamos de acuerdo en que de aquella explosión artística plagada de rebeldía y ganas de meterse el mundo por el recto propia del siglo pasado no queda sino un amasijo de hierros retorcidos a los que un chimpancé con gafas de pasta golpea con un pincel a la par que se proyectan, eso sí, en 3D, imágenes escalofriantes de tierras lejanas con las cuales no se puede ser más solidario siempre y cuando no se nos quede el móvil sin cobertura y al Pecas no se le olvide traer el medio gramo. Ahí la jodimos. Ahora y entonces.

Lo que está claro es que los faranduleros somos distintos. Pero no hay que olvidar que somos humanos. Y nada más que por eso merecemos un mínimo de respeto. Bueno, quizá no nos lo merecemos, ni nosotros ni tantos otros, pero tenemos derecho a ello, que lo dice la carta, o el panfleto, o el deuvedé de los Derechos Humanos. Somos conscientes de que a la foca monje y al lince ibérico les quedan dos tardes, y de que en el cuerno de África las están pasando putas, y de que lo de los refugiados tiene mal apaño. Todo esto lo cuentan en el canal 24 horas y cabeceamos mientras nos fumamos un Marlborito y antes de pegar una cabezada le decimos al de al lado: compadre, como está el patio. Y el compadre que asiente sin despegar la vista del Iphone y replica: ya te digo. Y ya estamos exculpados de nuestros pecados hasta el siguiente Whastsapp. Aunque en nuestro fuero interno lo que verdaderamente nos atormenta no es el devenir de la humanidad ni mucho menos. Lo que hace que nos eluda el sueño es tener la certeza de que, si se va al garete la industria del disco y de las galerías de arte y las subvenciones institucionales, ya hemos bebido aceite y lo peor es que la gente, el vulgo, el populacho, no sabe lo importante que son nuestras obras en su vida, preocupados como están de sus malcriados hijos que tienen la mala costumbre de comer todos los días. No saben que nuestro talento amasa pan, limpia dormitorios y muere en invernaderos por tres euros a la hora. Y los manteros son el Anticristo y Ramoncín no sabemos muy bien que ha hecho pero es un malnacido y yo con la SGAE no quiero saber nada, siempre y cuando me ingresen mis seiscientos lagartos semestrales. Lo de meterse el dedo y olerse está bien, pero sin penetración. La música es cultura, señores, y nosotros, los hijos del ocio y de la vida no estamos aquí para recordarles que en este país de mierda hay más plazas de toros que colegios, y más políticos que personas. No. Nosotros hemos venido a cantar lo de Mami, qué será lo que quiere el negro para que se olviden por un momento de que mañana vendrán a deshauciarle, a golpearle, a decirle que existe una ley por la cual usted no le puede llamar hijo de perra a ese humilde trabajador, ese siervo de la ley, que le deja sin techo porque su deber y misión es proteger al ciudadano de su miseria, de su desesperación y de su ira.

Lamentamos profundamente no poder ofrecerles un trago de nuestro Santo Grial. Existen leyes y códigos desde tiempos inmemoriales que nos lo impiden. Tan sólo los Sacerdotes del Saber pueden posar sus labios en él. Aguarden unos minutos detrás de las vallas antiavalancha, o en las puertas de los camerinos, o en las colas interminables de las filas de discos y, si hay suerte y el Mesías está de que sí, quizá tengan la suerte loca de obtener un mínimo contacto humano con él: un par de besos, un apretón de manos. Quizá una púa. Cordero de Dios. Amén.

Con todo esto y para concluir, sólo quiero hacerles ver el lado humano de unos seres con un talento tan desmedido que nos ahogamos en nuestro sufrimiento para mostrarnos desnudos ante ustedes. Por un módico precio, eso sí. Así que, cuando nos crucemos en esos vulgares centros comerciales o en esos bares tan poco cool que ustedes frecuentan, hagan el favor de no llamarnos artistas. Sepan que, en algún rincón de nuestra alma, nos duele. Aunque seamos unos auténticos hijos de puta.