(Texto incluido en el disco 25 años, de Barricada)

Por un olor eterno

Explicar a estas alturas de la función lo que son y han sido los Barricada en el plano estrictamente musical me parece una idiotez, ya que todo aquel que haya tenido el más mínimo acercamiento al mundo de las lentejuelas y no sepa del significado y grandeza de su presencia en la escena sólo puede ser debido a una razón: la de ser más tonto que cagar de pie. Y, aunque lo he repetido infinidad de veces, lo volveré a decir: el que no quiere a los Barri no sólo no quiere a su madre, sino que, aprovechando que en su día le cortaron el cordón umbilical, de la misma le tenían que haber cortado la cabeza.

Siempre he pensado que en este país de desmemoriados y borregos es facilísimo que cualquier artista se tire un pedo que huela bien un rato. El populacho aplaude, se acaba el pan duro por unos instantes y, cuando se va disipando el hedor, ya hay otro aventurero con las tripas revueltas dispuesto a que continúe la función. Y así uno tras otro. Y así nos va. Pienso que lo verdaderamente difícil es tirarse un pedo cuyo aroma dure veinticinco años, tal y como lo han hecho los Barri. Y nada, no hay manera, el cuesco se sucede entre bambalinas y tan sólo lo aplaudimos los empleados del circo: los funambulistas, los payasos enanos, los barrenderos de la pista, las mujeres barbudas, los taquilleros sonámbulos. Y en cierto modo me gusta que sea así, que esa esencia siga siendo propia de los que nunca quisimos ser exorcizados. De los que desoímos el evangelio del rebaño. De los que seguimos pensando que el pestazo merece la pena. De los que nos cagamos en Dios al amanecer y, cuando cae la noche, dormimos con los ojos entrecerrados por si acaso. De los que esquivamos al pastor y a sus tijeras de esquilar. En definitiva: de los que creemos en los Barricada. Así que voy a cerrar herméticamente puertas y ventanas, voy a poner el No sé que hacer contigo y voy a aspirar todo lo fuerte que pueda, dejando que su olor me asfixie en una muerte dulce, sabiéndome a salvo mientras los pies de los Barri sigan pudriendo la madera de los tablaos.

No quisiera finalizar estas líneas sin intentar explicar lo que Marea hemos compartido con ellos en el día a día, fuera de los focos y del humo de las batallas. Pero para eso haría falta un libro entero. Una enciclopedia. Alfredo siempre nos dejó abierta la puerta de su casa, nos prestó guitarras cuando nosotros teníamos escobas con cuerdas, nos regaló sonrisas cuando más falta nos hacían y se mantuvo firme a nuestro lado, como el resto de sus compañeros, cuando la muerte nos arañó el pecho. Con Enrique hemos vivido entre cientos de libros, conocimos la caída y la resurrección, nos enseñó a observar el mundo con su mirada roja y negra, nos agarramos mutuamente cuando todo se desmoronaba y juntos vimos alejarse hogares entre montañas de tristeza. Boni, reservado, haciendo del silencio y el gesto toda una lección de caballerosidad y respeto, demostrando a su vez que las tablas pueden arder con una mezcla de sudor y mala hostia. Y para terminar, Ibi, que trajo pozales de sangre fresca y los derramó ante los pies de todos para dejar el suelo resbaladizo por el cual se deslizan actualmente. Imparables. Sé que nunca les hemos sabido dar las gracias como se lo merecen, pero creo que ellos ya saben que siempre estamos, que siempre estaremos a su lado. También sé que no hace falta decírselo, pero voy a hacerlo: compadres, aquí nos tenéis, a los Marea, a vuestros Marea. Y si hay que morir matando, pues se mata. Y punto. Por nuestros muertos. Por los vuestros. Gracias.