(Prólogo al poemario No hay prosa, de Andrés Ramón Pérez Blanco)

Nobleza obliga

Tengo un saco. Demasiado lleno. Un saco en el que guardo mis despropósitos, mis mentiras, mis promesas, mis juramentos. Huele a podrido pero no me importa. Me acompaña a todos los sitios y es tan transparente que su contenido ni siquiera provoca repulsión. Como cuando ves en la tele pueblos ardiendo y cuerpos mutilados mientras te comes un filete y piensas: menuda putada, qué bien haber nacido en occidente, igual me afilio a una ONG. Un saco. En él se mezclan las promesas de dejar de fumar, hacer más ejercicio, comer verdura y pescado de vez en cuando, las mentiras del yo también te quiero, te llamo un día de estos, ya si eso quedamos. Y los juramentos. Lo peor. Te lo juro por mi padre. Por mi hijo. Por la Santísima Trinidad. Que yo no he sido, que yo no estaba, que no volverá a pasar. Una de mis últimas adquisiciones para mi denigrante saco fue el juramento firme y sólido de no volver a perpetrar ningún atentado literario en forma de prólogo poético así se muriera mi madre. Mi madre debe de estar temblando: estoy haciéndolo de nuevo. Me alivia en cierto modo el saber que la culpa la tengo que repartir en un cincuenta por ciento. La mitad para mí. La mitad para el Kebran. Maldito el día en que lo conocí. Mil veces maldito. Nos presentó David González, el último poeta. Bebimos, hablamos de Panero y nos mojamos las calaveras de los Marea bajo una lluvia asesina y brutal en Lugones mientras el ron, el rock & roll y la puta poesía le sacaban la chorra a la espantosa realidad, haciéndola invisible por una noche. La puta poesía. Reputa. Me di cuenta enseguida de que esa puta le pagaba las copas al Kebran cuando yo me iba a mear, que lo besaba con lengua y le daba su número de móvil. También me consta, porque yo estaba presente y mirando, que aquella noche se la folló por el culo y que no era la primera vez. Que nunca le cobraba y que le daba las gracias y le prometía serle fiel. Qué cabrón. A mí, mi relación con la poesía siempre me ha costado una fortuna, disgustos y unos cuernos de los de no pasar por ninguna puerta. No había sentido esa sucia envidia por nadie hacía muchos años. Y allí estaba de nuevo. Con coleta y gafas y convicciones firmes y pasión y fe y todo, absolutamente todo lo que yo había perdido. Algo fallaba, de todos modos. Kebran no era un jovenzuelo inexperto en los vaivenes de la vida. Aún así conservaba el brillo en los ojos del primer beso y la mirada limpia. Ahora, con la perspectiva que dan los años, lo entiendo todo. O casi todo. Kebran busca. Continuamente. Sabe que lo que mancha sus manos se va con un simple escupitajo y eso no le vale. Quiere otra batalla. Que le mutilen el corazón. Que le tatúen el nombre de su asesino en la sonrisa para seguir exhibiéndolo en cada palabra. Quiere recordar que está vivo. Y por eso estoy aquí, por eso estas líneas. Por eso esta reverencia pública hacia su persona. Por eso, cuando me llamó hace unos meses pidiéndome unas líneas para su poemario, miré dentro de mi saco, vi que quedaba un hueco y me dije: qué pollas, una última vez. Y aquí me tienes, a las tres y cuarenta y ocho de la madrugada, con un paquete de Marlboro y lo que queda de una tormenta de Brugal escribiéndote, amigo Kebran, lo que espero sea mi testamento prologuístico, mi esquela de preludios para libros de poesía. La Bicha te acompaña en este viaje, lo cual os hace muy peligrosos. Sé que empezasteis compartiendo versos y que ahora compartís cosas que dejan a la poesía en el lugar que a mí me gusta: en el corazón, de donde nunca debió salir. Me la sudan los versos, la literatura, los recitados, los clásicos, los contemporáneos. Yo creo en ti, en vosotros. Buen viaje, valientes, no os preocupéis por mí; aunque derribado por vuestra puta preferida, sigo disparando desde el suelo. Os cubro la retirada, partid a amaros y que a la poesía le den mucho, pero mucho, por delante y por detrás. Después apuraré el último trago, la última calada y bajaré al contenedor a tirar este saco. Mañana, cuando despierte, me sentiré liviano y libre por una temporada. Hasta que volváis a llamarme. Entonces será el momento de comprar un nuevo saco. Vacío. Y empezar de nuevo.