(Reportaje de la primera gira latinoamericana de Marea para la revista

Heavy Rock)

Marea

Rompiendo el Tango Tour 2007

Llevamos toda la semana nerviosos. Todo el mes. Es la primera vez que los Marea cruzamos el charco para tocar. Muchos preparativos y un estado de nervios poco usual para lo tranquis que somos. El día 11 de Noviembre nos despedimos en la estación de tren de Pamplona de la familia y cogemos el Altaria rumbo a los madriles, donde cogeremos un vuelo dirección Buenos Aires, donde daremos tres conciertos en los próximos días, amén de uno en Montevideo, Uruguay. Además de los cinco miembros de Marea, viajan en la expedición Frank Ramírez, nuestro técnico de sonido, Miguel González, técnico de luces, y El Perrako, representante del conjunto desde tiempos inmemoriales y máximo responsable de nuestra aventura latinoamericana. Mi hermano Martín viajará dos días después en solitario. El viaje en tren comienza con euforia, osease, bebiendo como unos vikingos en la cafetería. Me vuelvo a mi asiento a leer tranquilamente y dejo a la cuadrilla endiñándose una garimba tras otra y discutiendo acerca de la ubicación geográfica de Argentina, de la cual me doy cuenta que ninguno tenemos ni puta idea. En las tres horas y media que dura el trayecto no veo al resto del grupo volver a sus asientos y me temo lo peor. Lo dicho: están ciegos como ratas. El Piñas y Frank llevan un pedo sanferminero que no veas y se despiden efusivamente de la camarera del tren, a la que han bautizado como Irene Pi y que les mira con esa media sonrisa que sólo los camareros con mil horas de batalla tras la barra saben poner. La media sonrisa que dice anda y que os den mucho por el culo, majetes. En Atocha nos espera Cristóbal, del grupo Pinball, que nos llevará a Barajas. Nos cruzamos a Maria Teresa Campos en los pasillos de la estación. Risitas cómplices y nadie dice nada. No hay nada que decir. Durante el trayecto hacia el aeropuerto, el Perrako nos reparte unas hojas en las que vienen apuntados los horarios para todo lo que tenemos que hacer en sudamérica. Flipamos. Tenemos todos los días ocupados: promociones, entrevistas, pruebas de sonido, cuatro conciertos y un videoclip. Buen trabajo, si señor. El Piñas y Frank no pueden leer las hojas. Ni las hojas ni nada de nada. Qué cuesco llevan, tú. A la hora de embarcar, Frank no encuentra el pasaporte. Lo ha perdido. Empezamos bien. Le decimos de todo pero él, fiel a su estilo, no pierde la calma y nos dice que embarquemos, que ahora nos pilla. Ya nos vemos sin técnico de sonido. Y con la castaña que lleva. A los cinco minutos lo vemos embarcar sonriendo y con el pasaporte en la mano. La madre que lo parió. Nos acomodamos en el avión. Bueno, acomodarse en cincuenta centímetros cuadrados en harto complicado, pero el Piñas ha traído la solución. Un compadre suyo que se está quitando le ha pasado unas pastillas que le dan en el tratamiento para dejarlo frito y nos las reparte. A los cinco minutos todos roncan como benditos. Mi organismo está tan acostumbrado a la ingesta de tranquilizantes que apenas me hacen efecto. No puedo dormir. Me veo ocho películas durante las trece horas que dura el vuelo. Los compadres siguen fritos durante casi todo el vuelo. El Piñas se despierta cada tres horas y se come una pastilla de las de su compadre. Dice que su efecto sólo dura tres horas. Qué elemento. La cuadrilla se empieza a despertar un par de horas antes de llegar al destino. Qué puta envidia, yo no he pegado ni ojo. En el aeropuerto nos recibe el Tano, que será nuestro ángel protector durante estos días y el encargado, junto al Perrako, del perfecto funcionamiento de la gira. Tano sonríe todo el rato. Todo bien. Absolutamente todo está bien. Son sus palabras favoritas. El mundo puede estar en llamas pero el Tano dirá que todo bien. Nos reconforta su presencia y nos alegramos de verle. Qué buen rollo transmite este hombre. Muchos seres humanos debieran aprender de él. Tal vez todos debiéramos hacerlo. Al entrar en Buenos Aires tenemos una sensación de déja vu, como si ya la conociéramos de antes. El tráfico es de locos, las líneas de la carretera son puramente testimoniales. Cada perro que se lama su carajo. Sálvese quien pueda. A pesar de todo, la ciudad transmite, no sé porqué, una sensación de tranquilidad inmensa. O eso me parece a mí. Nos comunican de que va a ser difícil llegar hasta el hotel, al lado de la plaza de Mayo, ya que hay una manifestación que tiene colapsado el centro de la ciudad. El conductor de la furgo me cuenta que todos los días hay una. Le digo que en donde yo vivo también, pero que son más cañeras. En ese momento nos topamos con la mani. Se escuchan disparos. La policía está disparando. La madre que me parió, para qué abriré la boca. El conductor de la furgo se parte el chorizo de risa. Por fin llegamos al hotel. Hay veinte o treinta personas en la puerta con rotuladores y cámaras de fotos. Nos acercamos a huronear. Unos chavales nos dicen que están esperando a Steve Vai, que toca dos noches seguidas en el Rex y que llevan un montón de horas haciendo guardia para arrancarle una foto o una firma. Kolibrí y yo nos quedamos de cháchara con ellos. No conocen a Rosendo ni a los Barricada, en cambio controlan a todos los guitarristas solistas del mundo. En éstas sale Steve, más guapo que un pincel. Aprovechamos la coyuntura y nos hacemos una foto con él. Alguien le dice en inglés que somos un grupo de rock muy famoso y tal. Steve nos empieza a hablar. Ni puta idea de lo que dice, así que le decimos suerte compadre y lo dejamos con la palabra en la boca. Kolibrí me comenta que parece majete, el chaval. Y bien conservado, tú, le digo yo, que tiene que tener más años que los balcones. De pronto, un gorila de los de Vai, de dos por dos metros, empieza a abrirse paso entre la gente a empujones. Nos coge desprevenidos hablando distendidamente y casi nos tira al suelo. Entre insultos cagándonos en sus muertos y mentándole a la madre nos vamos para él pero se refugia en el hotel a toda hostia. Ojalá llegues a casa y te encuentres al gato jugando con la calavera de tu puta madre. Qué lástima no saber decirlo en inglés. En fin, subimos a la habitación para comunicarles telefónicamente a las familias que hemos llegado bien y nos dirigimos a La Trastienda, sala mítica de conciertos en pleno San Telmo donde ofreceremos el próximo fin de semana dos conciertos seguidos para los que, ante nuestro asombro, se han agotado las entradas. La sala está guapísima y tiene una programación envidiable, con conciertos casi a diario. Paul Gilbert y Spinetta tocan esta semana. Pasamos la tarde vagabundeando por el centro de la ciudad. Como buenos guiris, compramos mate y dulce de leche y paseamos por Florida, Corrientes y Lavalle entre cientos de espectáculos callejeros. Se respira música y cultura. Para la noche, La Renga nos prepara en su finca de Ezeiza un recibimiento espectacular. Asado y más asado. Morcilla, chorizo y cerdo en todas sus variantes. Abrazos y besos sinceros entre el vino y la Quilmes que corren a granel. Jam- session en su local de ensayo en la que caen temas de Los Suaves, Ramones y La Polla. Más Quilmes. Empieza la sobremesa con los chistes de gallegos. Manu, el saxo de La Renga, los cuenta de puta madre. Le dejo un poco de ventaja antes de empezar con mi infalible repertorio. Una vez que empiezo no hay quien me pare. Le gano por goleada y al final se rinde. Jura venganza entre las risas del Tanque, batería inmenso de La Renga, que se mea de risa con el vocabulario que empleo. Ya casi ni nos tenemos de pie y decidimos que es la hora de despedirse, mañana toca día duro. Quedamos con La Renga para el día siguiente en un garito del centro, donde haremos otra jam-session, esta vez con público. Al catre, que mañana empieza el tiroteo.

Amanecemos a las siete de la mañana. Esto del cambio horario nos está matando. Nos viene a buscar Octavio, el director del videoclip que grabaremos hoy, con todo su equipo, y nos reúne para explicarnos los pormenores del rodaje. Nos cuenta que nos va a filmar caminando por diversas localizaciones de la ciudad y que ha decidido que nos acompañe una persona armada, ya que algunos sitios en donde vamos a rodar son especialmente peligrosos. Bueno, no será para tanto, le digo yo. Su mirada me hace pensar que sí y al final aceptamos, aunque escépticos, a que nos acompañe un tío que tiene cara de no haber roto un plato en su vida. Pero con pipa. En fin. Empieza a llover más que en el entierro de Zafra. Empezamos a grabar en el Puente de Avellaneda, Riachuelo, Isla Massiel y el barrio de La Boca. A las dos horas estamos reventados de andar. Seguimos en Caminito, zona tanguera por excelencia. Piñas se pone a bailar con una pareja de bailarines en la calle. Lo hace de puta madre, la peña le aplaude y los sonrosados guiris le hacen fotos. En un garito nos encontramos con un doble de Maradona con el cual seguimos haciéndonos fotos, previo pago de diez pesos, claro está. De todos modos merece la pena, el tío es clavado al Diego y el Piñas le pregunta si también él anda poniéndose y quitándose, engordando y adelgazando. No dice nada y sonríe, el bribón. Lo entendemos, el Diego es intocable. Claro que sí. Hora de comer. Entramos en un garito y pedimos algo de picar y cuatro litros de Quilmes, la cerveza nacional. En el bar hay colgadas fotos del dueño junto a Rory Gallagher, Eric Clapton y demás estrellas rockeras, aunque por sus altavoces suenen tangos a toda hostia. En un mini escenario hay una guitarra y a los veinte minutos ya estamos tocando por rumbas: Albert Pla, Parrita y demás. El César toca un poco por bulerías y los argentinos flipan con el compás. Nos vamos sin que el dueño se quiera hacer una foto con nosotros. Tú mismo, le decimos, pero ya va siendo hora de que renueves la decoración, compadre, que las fotos que tienes colgadas son del siglo dieciocho. Él se sonríe amable y nos desea suerte. Pero de fotos nada. Seguimos caminando: Congreso, Retiro, Plaza de Mayo. Virgen Santa qué jartón de andar. A media tarde nos acercamos a ver la localización en la que vamos a rodar mañana el play-back del vídeo, en pleno centro de la ciudad, debajo del Obelisco. Un par de chavales nos reconocen y nos llaman por nuestros nombres y apellidos. Flipamos. Esto no nos pasa ni en Vallecas, válgame. A las nueve de la noche nos duele hasta el hueso del pito. La falta de costumbre laboral, digo yo. Al pulguero. A las siete de la mañana vuelvo a tener los ojos como platos. Me visto y salgo a dar una vuelta. Aún no han puesto ni las calles pero cientos de vendedores callejeros de café y mate tienen tomada la ciudad. Charloteo con unos cuantos de ellos y espero a que abran los comercios para comprar algunos regalos. Me doy cuenta de que no llevo ni un duro. Qué puta cabeza. Vuelvo a la habitación. Mierda, ahora recuerdo que el Kolibrí metió toda la guita en la caja fuerte del cuarto y de que no me sé el número. Me quedo en la habitación como un indigente, sin dinero y, lo que es peor, sin tabaco. La banda llega al mediodía después de comprar regalos para medio Berriozar. Picamos algo en un garito de enfrente del hotel que se llama Kamasutra. Buen nombre para un garito de comidas, jefe, le digo al camarero. No me coge el chiste. Nos vamos para el Obelisco. Hay un buen número de seguidores esperándonos. Fotitos, vaciladas y un par de entrevistas mientras preparan el cotarro. La localización es preciosa, en el mismo centro de la avenida que cruza Buenos Aires con el Obelisco recién iluminado de fondo. Nos dice el director que tenemos que elegir entre salir con chupa o sin chupa. Los cambios de temperatura son brutales. Le digo que conmigo no hay problema, que yo siempre me visto igual. Los Marea asienten y se parten el culo de mi particular vestimenta e higiene, de lo que dan datos precisos a los presentes que no paran de vacilarme. Empezamos con las tomas. Muchas. El público aplaude y pregunta a ver si vamos a tocar todo el rato la misma. Las tomas con la grúa son espectaculares, como las de los conjuntos yankis. Acabamos bien entrada la noche y vemos algunas escenas del rodaje en un monitor. La verdad es que son realmente buenas. Estamos contentos, sobre todo el Kolibrí, que hace años que dejó de fumar pero se está calzando un puro más a gusto que el copón. Nos llaman por teléfono los compadres de La Renga. Lo de la jam-session lo vamos a tener que dejar para otro día, ya que tienen un follón de la hostia con la organización del concierto del Autódromo. Les decimos que nos vemos el sábado en el concierto y le comentamos al Perrako que nos gustaría tocar esta noche en algún sitio, sin avisar, para ir calentando. En diez minutos el Perrako ha conseguido un local para tocar dentro de dos horas. Qué fieruco. La gente de Asesinos Cereales tocará con nosotros y nos dejará el equipo. El local se llama Salón Pueyrredon y nos vamos para allá del tirón. Es un sitio guapo de dos plantas. En la de abajo se dan comidas y en la superior se hacen conciertos con asiduidad. Nos sorprende el ver a un grupo numeroso de personas esperando en la puerta para vernos. Las noticias vuelan. Tan sólo hace un rato que hemos planeado el concierto que, evidentemente, no hemos anunciado, y el local se llena por momentos. No tienen ron, así que pregunto a la peña a ver que es lo que se bebe y me dicen que Ferné, o Fermé, o algo así, con cola y hielo picado. Amargo como pedo de perro, pura metralla para la garganta. Me hago el farruco y les digo que me rulen una botella y un vaso de plástico, sin coca cola, que quita el sueño. Me advierten de que es muy fuerte y de que me ande al loro. La verdad es que le pillo el punto y me calzo la botella en media hora. Pido otra para el escenario. Salimos a tocar a fuego, tocando canciones una detrás de otra, sin interrupción, a degüello. Durante la hora y media que tocamos los argentinos corean las letras, los ritmos y los punteos. Se nos ponen los pelos de punta con los cánticos que improvisan con nuestros nombres. Nada más terminar noto que me va a explotar el estómago. El Fermé ese me ha hecho efecto retardado y no puedo dejar de vomitar. Te lo dijimos, gallego, se ríen los compadres. Nos metemos en un taxi a toda hostia, sin poder despedirnos de los Asesinos, que ya están descargando a cara de perro su punk-ska. Muy buenos. El conductor del taxi me suplica que no se lo vomite. Víste, yo paro las veces que haga falta. Vomito con la puerta abierta por todas las calles de Buenos Aires. Llegamos a la habitación y le digo a Kolibrí que voy a bajar a recepción a ver si me dan algo de comer y se me asienta el estómago, pero al llegar abajo tengo que salir corriendo para no echar la grava en el mostrador. Creo que lo mejor será que pase de comer y me suba a charlar un rato con el maestro. Lo encuentro roncando como un bendito con el volumen de la tele a tope. Apago la tele, tapo al Kolibrí. La hostia que frío hace. En dos horas estaremos otra vez en marcha. No logro dormir una noche más.

A las diez de la mañana del día siguiente nos encontramos con Martín en recepción. Acaba de llegar después de veinte horas de viaje. Nos cuenta todos los pormenores de su viaje en solitario, que han sido muchos y variados: bolígrafos explotados, televisiones que no funcionan y compañeros de asiento alemanes y franceses con los que no ha podido intercambiar ni una palabra en todo el vuelo. Aún así no pierde la sonrisa y está exultante. Le intentamos poner al día rápidamente acerca del funcionamiento básico de la ciudad y nos vamos a comer. En unas horas saldremos para Uruguay, donde tocamos mañana. Antes de partir, Alén y yo tenemos que hacer una entrevista en la radio Rock & Pop, con el locutor más famosillo de Argentina. La entrevista dura una hora. Mucho chistecito de caca, culo, pis y poca miga. En fin, lo de siempre con las radio-fórmulas. Así y todo nos pilla de buen humor y le seguimos el rollo. No pone ni una mísera canción. Salimos corriendo de nuevo, taxi y para el hotel a toda hostia. Recogemos las cosas y vamos al puerto para embarcar en el buque-bus que atraviesa el Río de la Plata para llevarnos a Uruguay. Follón otra vez, en el puerto han perdido nuestros pasajes. El Perrako, como buen profesional que es, lo termina solucionando y embarcamos a última hora, corriendo, a punto de perder el barco. En la hora y poco que dura el viaje y mientras yo escribo notas del viaje, los Marea le pegan un buen palo al bar del barco. No hay quien pueda con ellos, son indestructibles. Llegamos a Colonia, Uruguay, donde nos espera Pedro con su hurgona. Estamos destrozados y todavía nos quedan dos horas de carretera para llegar a Montevideo. Nada más salir del puerto, Martín descubre que falta su mochila. Salta de la furgo junto a Alén y salen corriendo hacia la terminal de llegadas. Para cuando damos la vuelta con la furgoneta ya los vemos venir sonrientes con la mochila en la mano. Nos la habíamos dejado encima de un carro. Nadie la había tocado, gente legal los Uruguayos. Partimos de nuevo con ganas de llegar pero nos asalta el crujir de tripas. Y eso está por encima de todo: la zampa. Decidimos a parar a comer algo. Pedro nos recomienda el Chivito al Plato que, por cierto, de chivo no tiene nada. Es una especie de plato combinado gigante con ternera, queso, huevo frito, ensalada, unas salsas cojonudas que no recuerdo como se llamaban, patatas y demás condimentos de los cuales desconocemos el nombre pero de los que damos buena cuenta. No queda ni para rebañar. Menudos somos con la mandíbula. Al volver a la furgoneta, Pedro enchufa un DVD de Benny Hill. Los diez primeros minutos nos reímos a gusto. El resto del viaje es insoportable, escuchando risas enlatadas mientras damos cabezadas de sueño. Por fin, a las dos de la mañana, llegamos al hotel Lafayette, en el centro de Montevideo, en una calle paralela a la avenida 18 de Julio, calle principal de la ciudad. Vamos de sorpresa en sorpresa. En la puerta del hotel hay un grupo de seguidores que llevan tres horas esperándonos. Nos enseñan sus camisetas personalizadas de Marea y los parches y banderas que han diseñado ellos mismos para el concierto. Charlamos un rato y nos despedimos, no sin antes regalarles chapas y pegatas y sacarnos un buen número de fotos. En la habitación no logramos encender la tele. No funciona la calefacción, hace un frío que te rilas y tampoco hay mantas. Despertamos varias veces por la noche, tiritando. Al día siguiente, al descorrer las cortinas, nos damos cuenta de que nos hemos dejado la ventana abierta toda la noche. Si es que a veces parecemos gilipollas.

El cuerpo se va recuperando y nos damos una buena sobada, nos levantamos tarde y damos una vuelta por el centro. Buena temperatura y ambiente callejero. Nos reconocen algunos chavales. Más fotos. Desde que hacen los móviles con cámara de fotos estamos perdidos. Me paro a hablar hasta con las farolas. Descubrimos un puesto que vende camisetas nuestras con la letra de Como el viento de poniente en la espalda. Le digo al chavalote que las vende que la letra está mal escrita y me dice que ni zorra, que la letra la escribió su jefe y que a ver si le firmamos unas pocas. Pues claro que si, hombre. Le compro una de recuerdo. Talla S. No me cabe ni en la churra. En fin. Comemos en un puesto de la calle. Hamburguesas, Fanta y patatas. Para la manduca siempre hemos preferido la cantidad a la calidad. Zumbando para la Sala Dos, donde también se han vendido todas las entradas y hay una buena cantidad de gente en la puerta que nos reprocha el que no toquemos en un sitio más grande. No sabíamos la respuesta que íbamos a tener, compadres, lo sentimos. Se sigue agolpando gente en la calle. En el interior de la sala nos encontramos con los Graffolitas, conjunto uruguayo que nos acompañará esta noche presentando su tercer disco. Más majos que las pelas. Hacemos buenas migas y charlamos de grupos de punk. Pilotan bien de música, conocen bien lo que se cuece por España, casi mejor que nosotros. Me subo con ellos a cantar una de La Polla. Tienen canciones guapas. No venden alcohol en el recinto y yo casi lo agradezco. No mentes la soga en casa del ahorcado. Al subir al escenario y dar el primer acorde se lía parda. Conatos de pelea, gritos enfervorizados y la gente de la primera fila asfixiándose contra la valla anti-avalancha, que al final acaba arrancada del suelo. Les digo por el micro que a ver si entre todos pueden sacar la valla, que pesa un quintal, y en veinte segundos la valla vuela por encima de las cabezas hasta quedarse apoyada en un lateral. Así da gusto. Mientras el Piñas canta su set de canciones me cuentan que en la calle se ha liado una buena pajarraca. Hay mogollón de gente sin entrada que está arrancando adoquines de las aceras y tirándoselos de lado a lado de la calle. Serán costumbres locales, pienso. La verdad es que a estas alturas no me sorprende nada. Acabamos el concierto entre aplausos ensordecedores. Buen bolo, si señor. Al entrar la furgona de Pedro en el recinto nos damos cuenta de los daños colaterales: no tiene ni un cristal sano. Los adoquines se mezclan con los cristales en los asientos y tiene más bollos que La Tahona. Pedro sonríe. No entendemos nada. Nos dice que no nos preocupemos, que no es para tanto. Lo dicho: hay algunas personas de las que tenemos mucho que aprender. Al llegar al hotel le mostramos a Pedro nuestra preocupación por lo sucedido con su vehículo, pero insiste en quitarle importancia al asunto entre risas. Qué tío. Todavía le queda humor para relatar lo sucedido entre carcajadas mientras Martín lo filma con su cámara. A la carrera otra vez, dentro de un rato tenemos que volver a coger el buque-bus para volver a Buenos Aires. Mañana es el día grande.

De nuevo madrugón. Si salimos de ésta, salimos de todas. No sabemos ni en qué día vivimos. Furgoneta, puerto, despedida, buque-bus y otra vez en Buenos Aires, donde el Tano nos lleva al hotel con el tiempo justo para lavarnos el ojarasco y salir zumbando para el Autódromo Óscar Gálvez, con una capacidad para doscientas mil personas y en donde actuaremos esta tarde junto a La Renga. El Tano nos cuenta que se han vendido más de ochenta mil entradas. La madre que me parió. Estamos acojonados. Jamás hemos tocado ante tanta gente. Pero sonreímos. Va a ser una bonita pelea. Al llegar al recinto nos damos cuenta de la magnitud del nombre de La Renga. Miles de personas en los aledaños del Autódromo con camisetas y pancartas gigantes. Tatuajes con el nombre de la banda desafían al sol que está castigando de la guay. Cuando salimos a escena, a media tarde, deben de estar cayendo cuarenta grados. El Gaby, manager de La Renga, nos avisa entre risas de que si no le gustamos al público no vamos a durar ni tres canciones en el escenario. En los sesenta minutos que dura nuestra actuación el público es totalmente respetuoso, aplaude después de los temas y no nos tiran de nada. Pero se palpa en el ambiente la ansiedad que tiene la gente de que La Renga pise las tablas. Para la última canción de nuestro concierto se suben con nosotros todos los componentes de La Renga: Chizzo, Tete, Tanque y Manu. El público ruge como un león herido. Lo que veríamos después de acabar nuestro concierto entre aplausos nobles y sinceros nos dejaría sin habla. Miles de personas de todas las edades se agolpan ante el escenario más majestuoso que hemos visto nunca. Los cánticos se suceden sin cesar. El bullicio es atronador. Cuando suena el primer bombo del Tanque creemos que se va a hundir la tierra. El público está enloquecido. Trepan por las vallas y las torres de luces como gremlins. Tres generaciones al unísono coreando todos y cada uno de los sonidos que salen de las impresionantes torres de sonido. Los Marea no articulamos palabra. Es increíble, tenemos los pelos de punta. Esto sí que es grandeza, nos decimos. Y lo demás mierda puta. No hay nada más grande para una banda de rock que ser la voz de la calle. Y en eso la Renga son los verdaderos embajadores del rock argentino. Me invitan a cantar con ellos Panic Show. Me encanta esa canción. Cuando bajo del escenario pienso que alguna vez le podré contar a mi hijo que una vez canté delante de más de cien mil personas con unos compadres argentinos a los que quiero con toda mi alma. Me reúno con el resto de la banda y decidimos que es hora de volver al hotel. No podemos más, se nos doblan las piernas de cansancio. En una semana apenas hemos logrado dormir unas horas. Le decimos a Gaby, que también tiene cara de exhausto, que se despida de nuestra parte de los chicos de La Renga, que siguen descargando en el escenario. Nos abraza con ojos cansados y nos dice que mañana pasarán por la trastienda a ver el concierto. Qué grandes. En la furgona, camino de la cama, el comentario es unánime: a ver como contamos esto cuando volvamos a Berriozar. No hay palabras. Sólo lo saben los ojos. Pero qué grandes, cojones.

En el desayuno no podemos dejar de hablar de lo sucedido ayer en el Autódromo. Qué barbaridad. Estamos relajados, tranquilos. Ayer fue día de nervios ante un público exigente que no era el nuestro, pero hoy es nuestro día. La Trastienda, salita para ochocientas personas. Buen sonido y algún alma caritativa me consigue una botella de ron. Al arrancar con Entre hormigones vemos que lo tenemos ganado. Cantan más alto que yo. Corean nuestros nombres una y otra vez. Improvisan himnos futboleros entre canción y canción. El concierto se alarga casi tres horas. No vemos la hora de irnos. Deja que esto no acabe nunca, que decían los Barricada. Invitamos a Tete, bajista de La Renga. que está entre el público, a que toque Marea con nosotros. Se sube con su perenne sonrisa y todo el rock & roll que sólo él y el Piñas tienen en la espalda y la sala parece que se va a derrumbar. Entre aplausos interminables sonreímos y nos miramos abrazados sabiendo que el de hoy ha sido sin duda uno de los mejores conciertos que hemos dado de los casi cuatrocientos que llevamos en el lomo. A la salida de la sala la sesión de fotos, autógrafos y felicitaciones mutuas se suceden en una cálida noche en la que resuena el coro que más hemos escuchado las últimas horas: Viva Marea, la madre que los parióoo… Todavía nos queda un concierto. Esto se va acabando.

Tenemos el primer día de fiesta desde nuestra llegada a Argentina. Lo aprovechamos para hacer las últimas compras. Nos damos un garbeo hasta Bon Street, galería macarra con tiendas de camisetas de grupos y tatuadores. En una tienda de chupas de cuero arrasamos. El regateo es espectacular y al final el dependiente hace la venta del siglo: ocho cazadoras de motero en media hora. Ya puedes cerrar la tienda, compadre, le digo. Me sonríe y me da una tarjeta: por si vienen más gallegos, viste. Compro un sombrero de tango al sombrerero más antiguo de la ciudad, con el que parloteo a gusto acerca del devenir del país en los últimos tiempos. Apuramos nuestras últimas horas en la ciudad antes de volver a La Trastienda a ofrecer el último concierto. Hacemos prácticamente el mismo repertorio que el anterior. La misma euforia, distintos cánticos, seguidores que se han desplazado desde todos los puntos del país, haciéndose cientos de kilómetros para vernos. Tete vuelve a subirse con nosotros. Manu también que, con una ikurriña en la cabeza, hace que su saxo suene a despedida lastimera. Adioses en camerinos con Gaby, Tete, Maxi, el Tano y todos los compadres. Reímos sumergidos en el ron y la Quilmes que ruedan como lágrimas de alegría. Hasta siempre, Latinoamérica, en nosotros vivirá por siempre el recuerdo de estos días maravillosos de los cuales nos llevamos almíbar en las manos y amistad en la espalda. Y también un antiguo credo que me enseñó un viejo rockero que se despedía de nosotros en el aeropuerto: sólo en tres cosas creo: mi vieja, La Renga y el Diego. Gracias, Argentina, con la mano metida hasta las entrañas. Gracias.