(Hoja de promoción para el disco Subió el telón, de Malaputa)

Malaputa

Subió el telón

No es cosa baladí la que se nos presenta ante ésta primera subida de telón de los Malaputa. Para nada. Delante de nuestros ojos tenemos, tras un puñado de siglos de cuestiones y diatribas acerca del misterio insondable de la Santísima Trinidad, la solución al enigma. Tres que son uno. Uno que son tres. El Piñas, Óskar y Euken. Bajo, guitarra y batería. Puta, puta y reputa. Sota, caballo y rey. Los árboles no dejaban ver el bosque. El oleaje se comió la playa. Sabemos que, si no es niebla, es humo, así que aquí hubo batalla. Fijo.

En estos tiempos en los que a cualquier bobo que se haga una foto con guitarra eléctrica en bandolera para su perfil de facebook se le llama rockero, es más necesaria que nunca la violencia sonora que siempre caracterizó a la forma de ver la vida del triunvirato que nos ocupa. Por eso el agarrón de cuello. Por eso el escupitajo a menos de un metro. Por eso mentar a los familiares más cercanos. Por eso el desdén, la indiferencia y el compadreo sincero. Por eso los Malaputa.

Gestado a la manera de Pedro Botero en los primeros años de la presente década, tras dar un puñado de conciertos semi-clandestinos, y por presión popular, tienen a bien plasmar en este largo, durante el invierno de 2014, los frutos amargos de tantos meses de regar con lágrimas, sudor y sangre la simiente que dejó el recuerdo entre las arrugas. Cabe reseñar que la sangre fue ajena, las lágrimas colgaron de la carcajada y que jamás un néctar supo más dulce que el sudor derramado por el trío en su pequeña pero fructífera plantación de nudillos blanquecinos. De la producción impoluta del célebre maestro Kolibrí Díaz en los Estudios Sonido R-5 de Orikain (Navarra), poco se puede añadir que no se haya dicho ya: para qué hablar con medios días habiendo días enteros. Sonido impecable; espejo limpio en el que se refleja la furia del que, para no ganar, ni juega. Otra muesca en el rifle del de Berriozar.

Así que por fin tenemos en las pezuñas las doce semillas que en breve sembrarán los Malaputa por todo el Estado. Doce como doce campanadas con la cabeza metida dentro de la campana, al lado del badajo. Doce como doce apóstoles ebrios que saben que ésta no será su última cena. Doce como los meses que engullen lo melifluo, lo superficial, para que se vea la espantosa herida, el hueso pelado. Doce. Pares. No podía ser de otra manera; así, tras recibir la docena de rápidos puñetazos, uno en cada lado de la cara, quedaremos en el mismo sitio; aturdidos, doloridos, sin saber muy bien qué nos pasó por encima, pero paradójicamente sonrientes.

El plano lírico lo dejaremos expuesto a juicio del oyente, tranquilizándole por si se busca en la retórica del Piñas, porque se va a encontrar: hay de todo y para todos. En su voz encontramos los ecos ancestrales pero nunca universales del sentir humano; Piñas no te regala el oído: aquí todo es personal.

Yo que tú, tanto al escuchar el disco como al presenciar su directo, le ofrecería las dos mejillas a esa voz más vieja que el mundo que responde al nombre de rock and roll. Yo lo he hecho tres o cuatro veces y me he llevado otros tantos bofetones. Y estoy loco por recibir muchos más. Palabra.