(Prólogo al poemario Como si nunca existieran fronteras en los besos, de Luter)

Los boxeadores boxean

El arte es una mentira que nos hace ver la verdad.

Pablo Picasso

Siempre he tenido un ojo afilado para perfilar a los gigantes. Le he sacado punta en los últimos veinte años y ahora me avisa de su presencia hasta cuando duermo. Así conocí a Luter. Este gigante que nos ocupa venía, como todos los gigantes, escondido en un cuerpo pequeño y pisándose la sombra, por lo de no volver a casa. Supe a primera vista que provenía de un tiempo en el que los hombres eran hombres en el mejor sentido de la palabra, y en el que los asuntos de la tinta y la sangre se resolvían a pistola o cuchillo. De un tiempo que ya no existe. O que dicen que no existe. Porque yo a Luter, a pesar de tener en la memoria y las manos más de doscientos años, lo palpo cada vez que se cruzan nuestros caminos y me come la envidia cochina de ver lo bien que se conserva, el muy cabrón. Envidia de su calendario impecable, de su abandono de los minuteros, de su amistad con Goya, con Nietzsche, con Aleixandre. Envidia del balido que le enseñó Miguel Hernández. Envidia de esas manos que acariciaron los muslos de los años del destape en la despensa del Mingos. De sus posaderas compitiendo con las de Antonio Vega en los antros de Malasaña. De la carcajada bronca que me vierte por encima cada vez que hablamos de la muerte.

Han sido demasiadas las aventuras compartidas con su cuerpo como para aburrir al supuesto lector con nuestras batallas de abuelos Cebolleta, así que intentaré centrarme en su espíritu, el mismo que me pide que avale su nuevo libro y, aunque juré sobre la tumba de mi abuela no volver a perpetrar prólogo ni introito alguno, aquí me tiene. Nobleza obliga. Porque es su espíritu el que me ha acompañado cientos de veces a la recepción del hotel mientras su cuerpo dormitaba en los brazos de un taxista amable en un portal de Lacoma. Es su espíritu el que me hablaba de Fellini y de Woody Allen mientras mis hombros soportaban su peso terrenal en el quicio de la puerta de un tugurio de Hortaleza. Es su espíritu al que le escondo asiduamente cincuenta euros en el fondo de un cubata mientras su boca moribunda quiere hacerme entender que le apetece una copilla, Romero.

No sé qué es exactamente lo que quiere de mí al encomendarme la insigne tarea de prologar su nueva obra. Si lo que quiere es que sostenga la red para todos aquellos que oséis asomaos a sus palabras, no lo voy a hacer. Os jodéis. Porque yo me he atrevido a mirar y he sentido vértigo. Me he sentido cobarde. Porque Luter hace a Madrid ser Madrid, y al mundo ser mundo, que es prácticamente lo mismo. Hace que el rock madrileño sobreviva sin desfibrilador ni boca a boca. Hace que ser su amigo, como es mi caso, sea motivo de orgullo beodo y dignidad aristocrática. Luter nos hace creer, aunque sea mentira, que nosotros también somos inmortales. Pero eso no puede ser. Tal y como decía Christopher Lambert en la primera parte de la saga: solo puede quedar uno. Y ese es Luter. El mismo que ahora os abre la ventana de su corazón para que metáis la cabeza. Si tenéis huevos.