(Artículo para Diario de Noticias de Navarra)  

Lo que abriga una gorra inglesa

No recuerdo cuando fue la última vez que el lanzamiento del disco de un artista rockero levantaba tal expectación como lo ha hecho el disco del Fito. Todos los medios de comunicación me consta que estaban afilando las dagas y cargando los fusiles esperando el más mínimo traspiés del compadre bilbaíno para poder ejercer el deporte de invención estatal que más les gusta, que consiste en levantar a un artista hasta el cielo para después bajarlo a pedradas. También la calle bramaba. Que si se ha vendido, que si el rock, que si el pop, que si los Platero y Tú, que si la abuela fuma y nos quita el tabaco. Resultado: disco de platino en una semana, una gira que se giña la perraca y la satisfacción de encontrarnos de nuevo con el Fito que esperábamos encontrar. El Fito de sus anteriores discos. Quizá mas negro, más rockabilly, más Brian Setzer, más Rory Gallagher. Pero también más sonriente, más músico, más encantador de serpientes. En definitiva: más Fito. Un Fito que ha tendido una cuerda de funambulista de su anterior disco a éste con el tema que le da título, Por la boca vive el pez, para irse desprendiendo de todos los lastres y poder bailar como un poseso con Como pollo sin cabeza, Viene y va, 214 Sullivan Street o Esta noche. Y como tanto ritmo frenético no hay quien lo aguante pues se cogen unos medios tiempos como Sobra la luz o la preciosa Me equivocaría otra vez y se les dice al oído que sí, que se les quiere mucho pero que todavía quedan cosas por hacer y no se puede bailar toda la noche agarrado. Queda llamarle al timbre a Jerry Lee Lewis y hablarle de tú, decirle que coja el piano y se baje a robarle la luna de Deltoya al Robe para sodomizarla. Con consentimiento y cariño, eso sí. Y acabar al alba, tal vez con Bo Didley, diciéndole que no, Bo, que no, que no soy de Nueva Orleáns, ni he recogido algodón, pero también he sido reprimido por la mano del hombre blanco. Tal vez porque yo también soy negro, compadre, y tal que los blues del Delta del Mississippi, me abrazo a la tristeza a lomos de un potro de lamento que cabalga desde la noche de los tiempos de Robert Johnson. Ojalá el sol siga desdibujando los cuadros de esa gorra inglesa que tantos corazones abriga. Ojalá los focos los vuelvan a dibujar. Y así sucesivamente, disco a disco, latido a latido, con el pecho por delante, con la sensación que dejan los viejos bluesman. El recuerdo del que nunca muere. Aunque lo que nunca morirá es tu música. Pero eso ya lo sabes tú, pequeño gigante. Aquí estaremos, meneando los pies. Y tú que lo veas.