(Prólogo al poemario El mundo detenido, de Iván Mendoza Marrodán)

La inútil solemnidad del ser

El compadre Iván me da envida. Mucha. Pero no envidia sana. No. Nada de eso. Envidia puerca de la que te come las tripas cuando ves al tonto de tu pueblo tocándole nalga al mes de noviembre del calendario Firestone. Envidia de la de retirar palabra y cambiar de acera. Envidia rastrera en todas las acepciones que la RAE le da a la palabra. Y me explico. Hace un tiempo, no mucho, la verdad, que decidí dejar de contribuir con mi tinta a la inútil tarea de prologar el trabajo de otros, por muy atractiva o consanguínea que se me presentase la tarea. Lo de los prólogos de marras tendría que ser como el hall de las viviendas; un lugar impersonal que precede a la intimidad en el cual recibir, cortésmente o no, a los visitantes, carteros, testigos de Jehová o Hermanitas de la Caridad que no aceptan al abuelo como presente navideño para el asilo. Un lugar en el que despojarse del calzado, las llaves y la chupa; en el que gritar ya estoy en casa. Y punto, joder. Si el hall no tiene vitrocerámica ni taza de wáter por algo será. Digo yo. Así que no encuentro razón para cocinar en el libro de nadie ni para cagarme en su parqué. El caso es que decidí no volver a perpetrar tamaña estupidez. Por educación y respeto. Hacia la escritura y hacia los que todavía creen que puede cambiar algo que no sea el tamaño de la cicatriz de su cordón umbilical o aumentar de grado la gilipollez, ya de por sí mayestática, que encierra el mundo de la literatura en general y el de la poesía en particular. Y de pronto, en un momento de debilidad llega el Iván y me pone un espejo en la jeta. Pam. En forma de libro. Y lo que veo en él es a un Kutxi adolescente, preñado de dudas y de razones, buscando al gato negro de ojos negros en una habitación totalmente a oscuras. Con esperanza y fe en los relojes; entusiasmo, arrojo, coraje, entrega: palabras que sé que en cuanto quite este espejo de mis narices volverán a carecer de sentido.

Menuda putada me ha hecho este cabronazo. Y no puedo quitar los ojos de la imagen que me devuelve el cristal. Porque ese era yo, me cago en la puta. El que creía que la palabra hecha tinta me salvaría del anhelo de hacerme con un AK-47 y darle su merecido a la cuadrilla de egoístas, deleznables y mezquinos hijos de puta que estamos hechos. Todos.

A pesar de que nunca fui un ingenuo y siempre tuve la certeza de que Ian Gibson jamás escribiría acerca de mi vida y milagros, y de que nadie revolvería la tierra para encontrar mis huesos, yo, tal que Iván, del mismo modo, peleé contra mí como un jabalí herido: y perdí. Ojalá él tenga más suerte. Por eso tengo envidia. Y melancolía. Por eso estoy escribiendo estas inútiles líneas. Por eso dije que sí, que vale, que hago el prólogo. Por última vez. Os lo juro por mis muertos: esta piedra no volverá a hacerme tropezar. Palabra.

Así que, estimado posible lector, si has llegado hasta este punto quiere decir que atesoras la virtud añadida de la pasión por la lectura: la valentía. Sí, a mis ojos eres un valiente si ante la palabra poesía no has enarcado una ceja y bostezado media docena de veces. Venga, no me hagas quedar mal, pasa esta página de mierda mientras yo hago trizas el espejo. El Iván te espera. Enfréntate a él. Si tienes cojones.