(Prólogo al libro de partituras La historia de unas canciones que querían volar,

de Rubén Fenández)

Ícaro no volverá a casa

Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo, un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportar una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias, pero eso sí, y en esto soy irreductible, no les permito, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar, pierden el tiempo conmigo.

 

El lado oscuro del corazón

Somos plenamente conscientes de nuestra condición de inmortales. Los Vuelo 505. Yo. Todos los que pisoteamos alegremente los tablaos a sabiendas de que el daño es efímero y que muy mal se nos tiene que dar para que no vuelva a crecer la hierba. Pero no es nuestra misión ni nuestro sueño. Nuestro sueño ha de ser el sueño más ansiado del hombre desde el principio de los tiempos. Aunque la tierra sea liviana y el sueño doloroso, terrible y cruel, caminamos en pos de aquello que sólo poseen ciertos animales y suicidas: el anhelo de lo inalcanzable. Llámalo cielo, universo, horizonte. Llámalo vida más allá de este lúgubre y angosto camino que nos lleva inexorablemente de la cuna al nicho. Y es que no queda en las aceras ni un atisbo de pluma o aleteo que aleje de nuestras pieles este olor a alquitrán y muerte. Y entretanto el odio, el deseo, el beso, el puñetazo y, por encima de todo, el vil metal emputeciéndolo todo. Pero sabemos a ciencia cierta que no tenemos la capacidad de traicionarnos: más que todo porque no sabemos. También somos conocedores de que nunca llegaremos a la pista de despegue ya que el tiempo se nos escurre entre los dedos buscando la siguiente canción. Somos hijos bastardos de Dédalo desoyendo una y mil veces su consejo de no acercarnos al Sol. Queremos fundir la cera que nos mantiene las alas pegadas a la espalda. Queremos caer al mar y dejar inservible nuestro plumaje con el salitre. No seremos hijos pródigos volviendo con el zurrón repleto de fracaso: antes de eso inundaremos de heces hediondas las calles de Creta. No somos el ángel de la muerte, señora, somos hijos de la vida. Queremos todo o nada. Queremos elegir. Y elegimos. Antes mudos que sordos. Antes ciegos que sordos. Antes amputados de pies y manos que sordos. Queremos pintar en las nubes caballos de plata y trenzas azabaches. Queremos irnos de vuestro mundo, queridos vecinos: os estorbamos y nos estorbáis. Con cordialidad, sin malos modos. Alejarnos. Con nuestras carretas humeantes y nuestros acordes malditos. Con nuestro sudor químico y el pellejo de los pulmones royendo las costillas. Dando la vida por un minuto en la cárcel que encierra a todas las cárceles, esa a la que llaman libertad. Ni siquiera la muerte nos iguala: vosotros, hijos de mil dioses, moriréis en las bodegas y en las fábricas. Nosotros, non omnis moriar, no moriremos del todo. Quizá dejemos una estela de ruido y de furia entre la polución y la tristeza. Tal vez nuestro legado sean esquejes insurrectos de aquello que se dio en llamar rock & roll. Sea como fuere, he aquí nuestra espada. No os la entregamos. No se os ocurra tocarla. Solamente os la mostramos. Ahora hemos de partir. Si queréis ver como nos perdemos mirad de vez en cuando hacia arriba, allá donde habita lo prohibido. Esos puntos luminosos que se acercan peligrosamente al Sol somos nosotros. Si os ciega su brillo, fijaos en la orilla, en ella caeremos con las alas calcinadas. En todo caso y de momento, ya nos empiezan a estorbar los zapatos y no hay tiempo para despedidas de sirenas plañideras y calendarios. Empezamos a ver nuestra senda estelar cada vez más cerca y, a vosotros, cada vez más lejos. Volveremos pronto. No nos esperéis. Nos alzaremos de nuevo.