(Hoja de promoción para el disco Estoy que muerdo, de Forraje)

Forraje

Estoy que muerdo

Yo siempre he dicho que el mundillo este de la farándula es una especie de cuadra gigante en la que convivimos todo tipo de ganado. Aquí convivimos burros y cerdos, potros y ovejas, rebaño y pastores. Con nuestras diferencias, por supuesto, pero comiendo todos del mismo plato. Bebiendo del mismo abrevadero, compadre, comiéndonos las babas los unos de los otros. Ganado equino en general. Y como ganado que somos, precisamos de forraje. Sí señor, forraje y sólo forraje. Nada de mierdas edulcoradas vía satélite ni pollas en vinagre con el pelo del Beckham de los cojones. Lo que hace falta es forraje. Forraje que nos llene la barriga, que nos cante un rocanrol. Roncanrol. Qué palabra más desvirtuada hoy en día, Vírgen Santa.

Me acuerdo de cuando los grupos salían de las calles y no de las universidades. Me acuerdo de cuando empezaron Barricada y Extremoduro. Pero eso se acabó, me cago en Dios. Ahora los conjuntos son como una actividad extraescolar de los Padres Salesianos. Como una excursión treceañera en la que los malos fuman porros y los buenos toman apuntes. Vamos, que en los tiempos que corren, podemos coger una mierda del tamaño del sombrero de un picaor, clavarla en un palo y bautizarla con el resultón nombre de Rocanrol. Ay, la puta.

Así que, cuando escucho a los Forraje, que en ésta su obra prima nos ofrecen diez platos a la carta de distinta textura, pero elaborados por el mismo cocinero, se me aparece mi carpeta del colegio con fotos del Drogas y de los Acedecé, se me aparecen las calles de mi barrio, los primeros besos entre el humo, el parque de los yonquis… Se me aparecen tan cercanos que creo que me los puedo comer de un bocado y sin masticar. Pero no. Esto no es un menú del día. Es un menú de años de local de ensayo y, como tal, ha de ser masticado y digerido despacito. Que no, que no, que este disco no es un sangüich de la gasolinera, compadre. Este disco está cocinado a fuego lento por el Lulu, el Juancho, el Jerry y el Kuervo. Y como querían un gourmet para darle el punto de sal, pues llamaron al Kolibrí Díaz, de los Marea. Y como los platos estaban ardiendo, los pusieron en la ventana para que se enfriaran un poquito. Joder, y a la que se descuidaron llegó el Iker, el Drogas, el Boni, Arantza Mendoza y un servidor, Kutxi Romero, y los picotearon un poquito. Por gula más que nada. Tranquis, que todavía quedan muchos trozos de carne gallega pegados al hueso. A ver si podéis con ellos. Yo, por mi parte, estoy lleno. Pero si sobra pienso repetir. Por mis muertos.