(Texto para el 25 aniversario de la revista Heavy Rock)

For those about to rock… las morcillas al sol os saludan

Veinticinco años, compadres, tócate los cojones. Veinticinco años sin concesiones: ni al pop ni al porrompompón. Felicidades para empezar, de corazón. Intento hacer memoria de lo qué estaba haciendo yo por aquellas fechas. Vamos a ver. Seguramente ni me enteré de que se separaban los Leño ni de que Barricada estaban dando sus primeros pasos. No. No me enteraba de nada. Tampoco me enteré del primer disco de Los Suaves ni de que Ramoncín, de aquellas, era rockero. Lo que son las cosas. Pero como coño me iba a enterar de nada si por entonces el abajo firmante tenía siete años. He de reconocer que descubrí la revista tarde y mal, y no por mi culpa. Me explico. En mi pueblo sólo existía una tienda que vendía prensa, la tienda de la Mari Carmen, tienda que, aparte del Diez Minutos y el Interviú, tan sólo vendía la prensa local, además de unas gominolas cojonudas que con el tiempo he descubierto que me dejaron la dentadura hecha un cristo. Vamos, que de rock nada de nada. Tuvo que ser un primo mío, el Angelillo, un perla tatuado y con los brazos asaeteados el que me descubriera la publicación. De ella arranqué los primeros pósters que tiznaron mi habitación y que hicieron que mi madre temiera por el futuro ya de por sí poco prometedor de su primogénito. También en ella descubrí reseñas de grupos maqueteros que con el tiempo han sido primordiales en mi educación musical. En ella se hablaba, y se sigue hablando, de rock. Y punto. Y es que si nos ponemos a pensar durante dos minutos solamente, descubriremos con gozo que es de las pocas publicaciones, si no la única, que se centra sólo y únicamente en el rock y sus entresijos. Vamos, que no encontraremos pechos depilados de futbolistas tontos del culo ni a toreros y sus ex fulanas contándonos lo puta que es la vida. Y eso, como poco, se merece un aplauso a cuatro manos. También he de decir que cuando en ella nos hicieron la primera crónica a los Marea, recorté la hoja y la enmarqué en un cuadro de plástico que todavía conservo. Por cierto, dicho cuadro también lo compré en la tienda de la Mari Carmen, que todavía, a fecha de hoy, sigue abierta; aunque ya casi no le compre gominolas. Dicha crónica no se crean ustedes que era un camión de flores. Ni hablar. En ella se hacía especial hincapié en nuestra incapacidad para vestirnos dignamente para pisar un escenario y en la total incomprensión del cronista de turno acerca del inusual repertorio que estábamos ofreciendo. Aquel repertorio se basaba casi exclusivamente en canciones de un disco que no estaba en la calle todavía. Cosas de naburros que somos. Aquel plumilla se llamaba y se llama Juan Destroyer. Juanito. Con el tiempo nos hemos hecho compadres y todavía nos partimos el culo cuando recordamos los adjetivos que nos adjudicó en aquella crónica. ¿Cómo era? Ah, si: “los Marea tienen la misma imagen en escena que una morcilla al sol”. Pero serás cabrón, Juanito, que aquella crónica la leyó mi madre, elemento. Y así hasta llegar al momento actual, en el que el Destroyer sigue pensando lo mismo y nosotros nos seguimos vistiendo igual. Momento en el que me gusta pensar que la habitación de algún adolescente de un pueblo perdido está jalonada con un póster de los Marea arrancado de las páginas de la Heavy Rock. Momento en el que aprovecho para encerrarme en mi cuarto, quitarme el chándal y la riñonera y ponerme unos vaqueros y una chupa de cuero. Sólo durante un rato, Juanito, para que veáis que os queremos bien. Felicidades otra vez, y a por otros veinticinco. Con dos cojones.