(Prólogo al poemario Celesto de Calabrez, soy yo, de Daniel Sancet Cueto)

El sino de la lengua

He de reconocer que me ha parecido vislumbrar la poesía como un algo tangible en algunas ocasiones. En ciertas miradas y gestos. En algunos actos. En alguna palabra. Aunque enseguida deseché tales pensamientos y los atribuí a estados alterados de la conciencia producidos por multitudes, exaltaciones de la literatura o la ingesta de sustancias que creemos perpetúan los minutos. Avatares de la noche, supongo, o de la creencia en la inmortalidad de los versos. Algo, a mi parecer, totalmente ingenuo. Como ingenuo es aquel que se viste poeta, que se peina poeta, que camina poeta. Se debe la sombra a la voluntad de la luz, la voz a la del silencio, la tinta a la del palpitar.

Me agrada que Dani, por medio de éste su primer poemario, deje por un instante de bucear en la memoria colectiva, que no deja de ser una suma de individualidades nimia y asesina, para emerger del yo, para encararse al espejo y hacerlo añicos pisoteando los cristales, reflejándose en su propia sangre, magnificando la tortura de voltear los ojos; un acto de valentía para el que no se quiere saber solo.

Tanto él como yo provenimos del mismo escultor, tal vez somos tallas de diferente época, quizá el cincel que nos moldeó luzca arrugas y clame por su reencarnación en excremento, para así sentirse útil: pero ambos nacimos de la roca. Y no nos importa. Ambos sabemos que la piedra no tiene raíces, incluso que dificulta el crecimiento de éstas en otros seres, que golpea y mata, que insulta al caminar, crea muros y sepulta vergeles. Tal vez eso sea la poesía: piedra, roca, guijarro. Rock.

Clama la excelsa cordura de Leopoldo María Panero que, para el rock, el tiempo y la vida son una miseria. Hermosa y verídica disertación. Pero Dani ve rayos filtrarse entre las ventanas y se niega a que sus manos queden huérfanas de tinta. Y me da envidia. A todos los sin fe nos da envidia. Porque él amenaza a los relojes y acepta la demora del poeta. Y maldice sin rencor. Buscando la identidad, la forma, el porqué. Ojalá encuentre. Porque Dani busca desangrarse. Yo jamás lo conseguí. Y dejé de buscar.

Me pide Sancet que ampute mi lengua para que sea mi pluma la que explique, la que ahonde. Lo siento, Dani, yo eso no puedo hacerlo. Sólo mi lengua es el juez infame que me merece respeto. Mi triste y lúgubre tinta, abrigando tus magníficos versos, tan sólo merecería cadalso y fosa común. No ha de ser mi papel nicotinado el que erice la piel, el que muestre tus entrañas límpidas, tu voz de esperanza. Eso tan sólo lo harán las páginas que siguen a este inútil prefacio, a esta brújula cansada que hace tiempo dejó de indicar ningún norte. En las páginas siguientes tal vez encuentre el lector la piedra que empuñar, cual quijada de Caín, contra su propio espejo. Tal vez dicha roca tenga la medida de la boca que la quiera engullir. Porque este libro merece ser tragado sin paladear, como necesario alimento para la subsistencia. Sin ambrosías ni exquisiteces, acunando el estómago para poner en marcha los pasos. Bañándose en las palabras del que dijo que hay múltiples maneras de vivir y de morir, pero sólo una de sobrevivir: resistiendo.

Invito a los comensales a deglutir vorazmente mientras Dani y yo seguimos caminando. Él hacia su horizonte de cuero. Yo hacia el mío de humo. Aunque sospecho que se encuentran en el mismo lugar. Allí nos vemos, amigo.