(Prólogo a la reedición de la novela Atrapados en el paraíso, de Patxi Irurzun)

El espejo del Patxi

Se lo llevo diciendo al Patxi desde hace un montón de años. Compadre, qué pasa con el Atrapados en el paraíso, tío, que es tu mejor libro y está descatalogado y yo estoy hasta los cojones de dejárselo a avergüenzafamilias a los que después tengo que perseguir para que me lo devuelvan y así poder seguir prestándolo. Cabe decir que dicho monólogo por mi parte siempre va envuelto en vapores de espirituosos de alta graduación entre los cuales se difumina el Patxi con la sonrisa hacia dentro y la calada profunda, lo cual me hace pensar que nunca me ha hecho ni puto caso. Y hace bien. Nos conocemos de viejo y es de las pocas personas conscientes de que lo mejor es darme la razón como a los futbolistas. Porque Patxi, tal que los animales y los japoneses, sabe que las cosas son como son y que a ver quién pollas soy yo ni nadie para ir en contra de los designios de la naturaleza, las gónadas propias y ajenas y mucho menos de la literatura. De la suya, claro. Porque ahí sí que estamos de acuerdo. Me atrevo a afirmar que a un servidor le importa tanto la escritura del Irurzun como a él mismo. Por distintos motivos, es obvio. Los suyos los saca en pelotas al balcón de la Plaza del Ayuntamiento en pleno seis de julio, los pone a vender el culo a doblón en los wateres del Eroski, los embriaga de Moët & Chandon y cerveza guarra y los abofetea con una mano mientras con la otra se la casca. En definitiva: los engaña y ellos se dejan. Mis motivos son más pragmáticos; menos valientes. Cuando las ínfulas de escritor afloran y hacen que me plantee dedicarme seriamente al segundo oficio más antiguo del mundo, cojo cualquier libro del Patxi y se me quitan las ganas y todo vuelve a su ser: Romero, a tus cancioncitas, que por ahí vas bien. Este partido no lo ganas ni saliendo con treinta goles de ventaja. Y a uno, que es más chulo que cagar de pie, que para no ganar ni juega, no le queda otra que encerrarse en sus doce o quince versos de mierda y no asomar mucho la cabeza; no vaya a ser que le saque un ojo este hijo de puta. Literariamente hablando, claro.

El otro día nos encontramos en un concierto de los Bocanada. Hacía tiempo que no nos veíamos el blanco de los ojos. A los dos minutos de conversación se lo volví a preguntar, como siempre: qué hostias pasa con el libro. Él luchaba por mantener la verticalidad mientras intentaba emparejar el extremo de un cigarro con la llama del mechero y yo procuraba no orinarme encima mientras asfaltaba con arcadas de destilados inflamables el parking del polígono, así que recuerdo a grandes rasgos que me dijo que sí, que los de Pamiela lo iban a reeditar y que a ver si le escribía unas líneas. O quizá tan sólo tarareamos alguna de los Barri y lo que pasa es que me gusta tanto como escribe que las ínfulas antes citadas me han hecho pensar que está ansioso porque le escriba algo. Ni puta idea. Lo que sé es que lo vi irse trastabillando por los sembrados y que yo me desmayé entre dos coches y que no hemos vuelto a saber uno del otro hasta hoy, en el que he sacado de la estantería la primera edición de Atrapados en el paraíso y me he dicho: qué pollas.

De la misma manera que no hay que ser un gran analista científico para dilucidar, así a simple vista, que los cojones de Usain Bolt tienen que ser como el hollín, ni que si lo que pisamos huele a mierda y tiene textura de mierda hay un alto porcentaje de que sea mierda, Patxi sabe que esto que tienes en las manos no es un libro: es un espejo. Y lo único que espera es que nos miremos en él y allá nosotros con nuestra cuchara. Y que ante todo, y por encima de todo, le demos la paliza lo menos posible. Y lo hace así, como quien no quiere la cosa, como antes decía; con la comisura remachada y los pulmones incandescentes. Qué envidia. Qué puta envidia.