(Artículo para la revista Rolling Stone)

El año que trafiqué con royalties

(un topo en las entrañas de la SJAE)

Para introducirme en las oficinas de la SJAE, todo ha de comenzar con una buena caracterización del personaje que quiero encarnar. Ha de ser un disfraz perfecto que me permita desenvolverme con total desparpajo y soltura por la capital de la creatividad y el tanto por ciento sin levantar sospechas. Los primeros intentos son descorazonadores. No hay manera de ponerme el peinado de Tecly Flautista. Claro, ingenuo de mí, en tan sólo diez minutos intento lograr la perfección capilar de un maestro con el cepillo por la espalda, por los conciertos y salas de ensayo y coronar la faena perfecta con las manoletinas incólumes y la vuelta al ruedo. Y la coleta que se la corte Luis Cobros. Ay, jovenzuelo, eso no puede ser. En fin, tras desistir de alcanzar el ángulo perfecto de la raya lateral (en la cabeza), pongo todos mis esfuerzos en lograr la textura facial de Ramonlín. Quince litros de crema hidratante y dos pulpos de la furgoneta enganchados a los pendientes son testigos del espantoso resultado. La desesperación se adueña de mí. Dios mío, dame paciencia, porque como me des fuerza lo de las torres gemelas va a parecer una travesura impúber en los Padres Salesianos. Se me ilumina la bombilla al encontrar en el baúl de logística un antiguo teclado marca Casio de los de a tres palillos con la carabina en atracciones José Luis. Una vez desmontadas las teclas blancas y colocadas sobre mi dentadura me dejan el aspecto deseado. Sí, ahora basta con ponerme la peluca de Nochevieja para ser un clon de Ana Bailén. Ahí estáaaaaa, la pueeeeeeeeeta de Alcaláaaaaaaaaaaaa. En mi caminar hacia las oficinas del templo descubro in situ lo acertado del disfraz. Que si Ana por aquí, que si como está Víctor, que si el abuelo fue picaor allá en la mina, que si estás más guapa que un tirabuzón. En fin, quitando a dos o tres transeúntes que me confunden con la Veneno y que me ofrecen tardes de lujuria por sesenta euros creo que estoy preparado para la inmersión. La entrada en las oficinas no puede ser mejor. Desde el portero al ascensorista, pasando por el que cambia los ceniceros, el que expende las facturas falsas, el encargado de los robos a mano armada, el defensor del patrimonio de David Pimbal, el peluquero de Frustramante, el verdugo de piratas de la Glorieta de Rebajadores y uno que tocó el piano con los Leño; todos me confunden con Ana. Conforme avanzo por pasillos y dinteles que harían las delicias de un vaticano que, al lado de la oficina del presidente de este xanadú de la genialidad parece una tienda de Todo a 0,60, los bolsillos se me van llenando de presentes. Dígase discos promocionales, maquetas de artistas que ya, ya, (ya verás Ana, éste se lo come tó), deuvedeses de los primos feos de Chupa Dance y tickets de comidas de empresa (toda clase de comidas). El nerviosismo me afloja el vientre. En lo que parecen ser los baños hay una máxima escrita en una placa que parece colorao del bueno: San Alejandro bendiga esta casa. Vaya por Dios, ahora me suena el móvil. Si, quién es. Kutxi, que soy yo, tu madre, que por fin ha llegado el dinero de la sociedá esa de autores que estabas esperando, dos mil euros. Olé. Tiro al water la peluca y los dientes y salgo taconeando por el pasillo cual Fred Astaire. Por fin podré comprarme esa estantería del Ikea que tanto me gusta para poner encima mis discos de oro. Con lo que me sobre igual hasta me compro algún disquillo. Bueno, que le den por culo a los discos, con lo que me sobre voy a dar la entrada para hacerme un lifting como Dios manda. Lo mismo hasta reponen el Lingo y me dan un currillo, mira.