(Prólogo al poemario Poesía de barro, de Domingo Serrano)

Dibujar con sangre

No recuerdo con exactitud cuando conocí a Domingo. Supongo que sería en algún acto relacionado con los Marea. Alguna presentación o entrevista o algún evento de esos en los que con cuatro tragos de por medio haces buen rollo con alguna persona que salta a la comba a la vez que tú y se te olvida qué cojones habías venido a hacer a Madrid y al final acabas abriéndole el pecho para que se asome a mirar a alguien a quien has conocido hace dos horas pero que parece un viejo amigo al que simplemente hacía mucho que no veías el blanco de los ojos. Yo prefiero pensar que nuestros corazones se conocían desde el principio de los tiempos y que lo único que hicimos Domingo y un servidor fue poner nuestras palabras y carcajadas a su servicio. En ese acto me parece recordar que también tuvo mucho que ver un viejo poeta salmantino que pastorea a caballo y cuyo verso salvaje se nos ha unido en más de una ocasión para hacernos sentir más vivos aún si cabe. En esos tríos, la poesía siempre ha estado presente. Siempre. El de Puerto de Béjar hace poesía respirando y Domingo sonriendo. Tienen ese don. Son poetas. De los de verdad. De los que me dan envidia. De los que pueden morir sin haber empuñado un lápiz ni escrito un verso y de los que en su sepelio se puede gritar en voz alta la palabra maldita: poeta. Porque uno no es lo que dice, es lo que hace. Y Domingo, El Abuelo, hace poesía. Y no lo sabe. Por eso escribe. Sin saber que no le hace ni puta falta. Pero lo entiendo. He conocido a un puñado de corazones generosos y mi compadre es uno de ellos. Cuando se tiene el corazón tan grande es un acto de egoísmo no repartir trozos a los necesitados. Por eso se escribe. Por eso se canta. Por eso se ama. Por eso este libro chorrea sangre y palpita. No es un libro; es un corazón.

Sé que debería explicar al supuesto lector, de un modo u otro, lo que se va a encontrar en estas páginas, pero Domingo me sobrevalora: yo eso no lo sé hacer. A mí me importa un huevo lo que piensen las manos, la tinta, el aterrador papel. A mi me gusta lo que dibuja la sangre. Y su sangre es espesa y brillante y dibuja un paisaje en el que no hace falta buscarse mucho porque te encuentras enseguida, a poco que se te erice la piel o se te pongan los labios en forma de beso. Si alguna vez te visitó la tristeza; te encontrarás. Si sabes que todo es efímero y que sonreír es lo único que queda; te encontrarás. Si lo que más quieres en el mundo te lo puedes llevar en una mano; te encontrarás. Yo me he encontrado en todas las páginas y me he ensuciado con su sangre. Y no me pienso lavar, porque quiero exhibir las manchas para decir sin tener que abrir la boca que yo salgo en el dibujo de Domingo.

Hace tiempo leí en la prensa una entrevista a un escritor en la cual decía que a él, el cerebro le latía y el corazón le pensaba. Pobre hombre. A Domingo le laten las dos cosas. Y no le hace falta escribir, repito, pero lo hace. Aunque le sangren las palabras. Qué envidia. Así que abrid este corazón por la primera página y engalanaos con lamparones para poder responder orgullosos cerrando los puños y sonriendo al que os pregunte por las manchas: yo salgo en el dibujo de Domingo.