(Prólogo al libro de relatos Jirón, de Kike Suárez Babas)

De cómo serle fiel a una veleta

   De todos es sabida la inutilidad de los prólogos. Yo al menos siempre me los salto. O casi siempre. A no ser que el plumillas que hace el interludio sea de mi agrado o de mi colección particular de desequilibrados, al prólogo le van dando. Así que cuando hace unos días, en el transcurso de nuestra mensual charla telefónica de cortesía, el Babas me pidió uno para su nuevo artefacto, no pude menos que sonreír. Que cabrón. Pues claro que sí, mi compadre, esta noche me pongo y gloria bendita que para mañana lo tienes en el portapapeles. Mentira puta. O mentira a medias. Me explico. Esa misma noche, tres paquetes de Luki Trikis y dos cartones de leche fueron testigos de que lo intenté. Me batí como un titán intentando no sucumbir al canto de sirena de las chupadas de polla gratuitas. Quince líneas. Seleccionar. Suprimir. Un título sugerente: El Tom Waits de Hortaleza. Joder, que puta mierda. Seleccionar. Borrar. Citas de incunables. Pedantería elevada a su grado máximo. Seleccionar. Suprimir. Las cuatro de la mañana. Va a llover dentro de la habitación, de la humareda. Suprimir. Suprimir. Suprimir.

El disco de Doctor Deseo que puse para inspirarme (maldito y embustero Picasso) ha debido de dar unas doce o trece vueltas. Me resuena la respiración por encima de la voz de Francis: Que no se me escape nada, que no pierda un segundo, aunque éste sea triste. Y en ese momento, y de la mano del alba, como en las malas películas románticas, tachán: recuerdos y melancolía. Año 99, Bar Terminal, Iruña. King Putreak acaba su actuación entre los aplausos de veinte personas, entre ellos un chaval de Berriozar fascinado por el libro Nadie come del aire, cuyo ejemplar les ofrece para la obligada signatura con las manos temblorosas. Ese churumbel era yo, imberbe y con treinta kilos menos, pero el mismo que sigue alucinando con cada historia que me cuenta Babas cada vez que bajo a Madrid. Siempre le llamo. Quedamos, nos besamos sinceramente, buscamos una mesita en el bar más cercano y escucho. Cuantas cosas se nos escapan a los pueblerinos, cojones, a veces pienso, mientras me cuenta de sus encuentros con tal o con cual y yo, con los ojos como platos, me enciendo mi cigarro numero treinta y cinco y Paco Martinez Soria me mira desde el espejo del bar con la cesta de los pollos como diciéndome: cuando acabes de escucharle tira pa Berriozar, pa tu sitio, ancagüa, Chita, ancagüa.

Sé que esto pueden parecer balbuceos de compadre bienquedas. Pero no lo son. Por mis muertos. Cuando los Marea tocábamos en bares y no éramos, a los ojos de la humanidad, más que unos imitadores de Extremoduro que estaban dando sus primeros y últimos pasos, Babas y Begotxu nos dieron las llaves de su casa, las de su Hortaleza, las de sus sonrisas. Esas siempre se las devolvimos. Las de sus corazones nos las quedamos. La química siempre funciono entre nosotros, aunque en cuestión de química, el combate Berriozar – Hortaleza, todo sea dicho, siempre acabó en el primer asalto con la victoria por K.O. de los madriles. Pues buenos son. Me acuerdo del rechinar de mandíbulas en un bar de Vallekas mientras el Bruno nos contaba todo serio la paliza que le habían metido unos nazis y el Alén y yo partiéndonos el culo de risa en el suelo. Y la Grutta 77 a reventar para vernos hacer un acústico junto con un montón de músicos más. Lo montaba el Babas y nosotros fuimos porque nos llamó él. Por ver la cara de felicidad que tenía al terminar el bolo hubiéramos tocado todos los días del mes. Os lo juro. Y las veces que le pedí ayuda y consejo, bufff. Y la encerrona que me hicieron los de Dro para no invitarle a comer. Y así hasta cien mil. No tengo ni puta idea de la acepción que en el Diccionario de la Lengua se le da a la palabra amistad, pero fijo que tiene que ser algo parecido a lo que siento yo por el Babas. Fijo.

Y como podéis ver, a estas alturas, ya estoy preso de los cantos de sirena de los que antes os hablaba, y no le hemos hecho ni puto caso a la cuestión que nos ocupa. El libro. Y que coño queréis que os diga. Pues que me parece que Kike Babas es el mejor escritor en lengua viperina que he leído. Y punto. Así que ahora mismo le voy a llamar para decirle que ya tengo su prólogo y que siento el retraso y bla, bla, bla….. También le preguntaré por Begotxu y por sus niños. Seguro que tiene cinco mil proyectos en mente, el muy bandido. Le diré que los discos de Tom Waits que me recomendó no me han gustado nada y que me recuerdan a The Vientre, pero en malo. Le diré sin mentirle que nos vemos pronto y que se cuide. A esto último no me hará mucho caso, porque en contra de lo que alguien le dijo acerca de que la fidelidad de su veleta no es al viento, yo creo que sí. Vaya que sí. Lo que no le voy a decir es lo mucho que me ha gustado el sabor de su polla. Aunque creo que ya lo sabe. Mi compadre.