(Prólogo al libro Mago de Oz en imágenes II, de Carmen Molina)

De alas y plumas

Permítanme los posibles lectores de este innecesario y a todas luces inútil prólogo que, dado el carácter biográfico de la presente publicación no me centre en la obra, vida y milagros de Mago de Oz, cuyos logros, hazañas y tumultuoso devenir por la senda del tablao y la farándula se relatan en las páginas siguientes con mimo minucioso y mirada de dios tuerto, que es el dios de los ateos y el que nos hace inmortales; a nuestro pesar pero con nuestro beneplácito, todo ello dependiendo de lo larga que la quiera uno exhibir o de lo corta que la quiera ocultar, pues de todos es sabido que en la parcela de rock que nos toca habitar a los implicados, tira más pelo de escroto que yunta de bueyes. Y de eso es de lo que quería, con su permiso, hablarles. De tocar pelo. De Txus.

No sé a ciencia cierta cuando fue la primera vez que nos vimos, pero recuerdo perfectamente la primera impresión mutua. Porque estoy seguro de que fue la misma. Nos abrazamos como viejos compadres que poco o nada tienen que escupirse a la cara a pesar de hacer décadas de no saber el uno del otro, pero que han tatuado con sangre en la entrepierna de esa puta que se llama memoria las consecuencias del compartir el tamaño de la boca y el ojete. De la ascensión y la caída libre. Del no saberse jueces de nada y practicar el sano ejercicio de la libertad a sabiendas de que éste implique una aterradora soledad llegando a la meta. Dispuestos, como caballeros que son, a pagar la factura dejando una generosa propina. Esparciendo los billetes que expende el alma por la barra y despidiéndose con dos besos de esa vida que reclama lo suyo mientras le susurran al oído: cóbrate, hija de puta.

En mis primeras andanzas rockeras, en los impúberes tiempos en los que miraba hacia atrás por si Salieri o Robert Ford me andaban buscando el orto, siempre me encontraba con la sombra alargada de Txus. Algunos de sus seguidores me acompañaron a paso ligero contándome su última batalla con los molinos o cómo después de ésta el bilbaíno había escrito con savia de sus nudillos unas canciones que hablaban de fiestas paganas y amores emputecidos. Y así me enteré, sin quererlo y sin tener que escuchar sus discos, de que los Mago intentaban bajar de una cruz arrabalera a un Cristo que tocaba el violín y que reclamaba con voz de tierra un cañón de luz y unos pantalones de cuero. De que habían encontrado el fin de la tierra y que no era para tanto mientras hubiese persianas y teléfonos que no sonaran antes del mediodía. De que la palabra Gaia se pronuncia con acento mejicano, o argentino, o estadounidense, no logro recordarlo bien, tantos son los colores del polvo que manchan las suelas de sus botas de piel de serpiente. Así me enteré de que Txus y yo teníamos la lengua fabricada con el mismo material. Por eso supe antes de cruzarnos la mirada que las muescas de su dentadura encajarían con las de la mía y que su mano, tal que la mía, se cerraría en puño una y mil veces para defender su feudo, su Yo. Y con la otra, a quien lo merezca, una paja.

Decía Unamuno que, el que defiende el Yo, defiende todos los Yos: es el nosotros. Así que, lejos de enojarme cada vez que Txus suelta a la viperina para que muerda a los ignorantes, a los hueleculos y a los recaderos de este mundillo de hijos de perra, analfabetos y hartos de pan duro, yo siempre pienso lo mismo: ole tus huevos toreros y tu pecho palomo.

Me susurran las pupilas ajenas que el Txus ha desistido en lo de implantarse alas de mosca para volar pero que, paradójicamente, avanza mucho más rápido sin ellas: aunque no sé qué me da que Olatz ha tenido mucho que ver en ello. Pero esa sería otra historia y son otras manos las que tendrán que escribirla; quizás las del tiempo asesino. Me consta que últimamente se ha autoproclamado Rey del Burdel y que, desde su trono, las palabras que a cualquier otro le pesarían y doblarían la espalda como un saco de yunques, a él le resultan tan livianas como las plumas de sus boas.

También me llega a la pituitaria que la voz de quebrar cristal de Joselito, como yo le llamo siempre cariñosamente, ya no camina por encima de las baldosas amarillas y que se ha puesto las botas de derribar tabiques e intentar así que entre la luz necesaria para ver crecer sus semillas. Ojalá ninguna nube enturbie el butrón y quede esa sonrisa que tanto me gusta tan perpetua como la piel erizada de tantos seguidores que esperan que su partida esté marcada por el regreso del hijo pródigo. No lo sé. Supongo que él tampoco. Pero sé de la tristeza infinita de sus fieles. Y él también.

Hace tiempo que Txus y yo no hablamos ya que mi teléfono móvil está acariciando con la espalda el lecho del río Arga y lo del Internet a ambos se nos antoja una extremidad del demonio, pero me dicen las aceras que quiere que le escriba algo para su libro y, aunque no sé muy bien qué es exactamente lo que espera de mí, eso es lo que estoy haciendo en esta madrugada fría de Ducados Rubio y ron sin hielo y sin coca-cola, que quita el sueño. Y el sueño no quiero que me lo quite nada ni nadie. Igual que a él. Así que, cada vez que debajo del ala de nuestros respectivos sombreros se encuentren nuestros alientos y el camino llegue a su fin sabré que, quizá y después de todo, no estoy tan solo. No estamos tan solos. El Txus nos está esperando. A ti, a mí, a Joselito, al dios de un solo ojo, a Unamuno, a Don Quijote y a la puta que nos parió a todos. Con las manos preparadas para el abrazo o el puñetazo. Pero eso depende de nosotros. Yo de momento ya me he sacado la polla. Sé que le va a gustar. Al muy cabronazo.