(Relato incluido en el libro Simpatía por el relato, antología de cuentos escritos por rockeros)

Barrizal

No sé que hacer. Y sé que tengo miles de cosas que hacer, pero no sé por donde empezar. Tengo que ir a ver a mi compadre el Alfredo. Y a la Juncal y al Iker. Hace tiempo que no me arrimo por su casa. Buf. Pero para ir a su casa tengo que andar un par de kilómetros y estos kilos de más que me he echado y la calorina que hace… casi mejor otro día. Ayer vino Lucía a casa con una báscula digital que nos han regalado en Caja Navarra por tener la nómina domiciliada. Maldito el día. Ciento dos kilos. Sumados al colesterol y al sistema digestivo que lo tengo hecho un asco me transforman en un matusalén veintegenario. También tengo que corregir una prueba de impresión de un libro de poemas que me quiere sacar una editorial de Logroño. Hay que cagarse. Yo que siempre pensé que lo de sacar libros era un privilegio reservado a eruditos y goleadores del léxico y mira tú, hasta un borrico como yo puede hacerlo. Ja. Dioses al suelo. Licenciatura en hacer la O con un canuto. Eso de sacar libros a cualquier soplavidrios que sepa enlazar dos metáforas con gracia tendría que estar prohibido. Además, dicha prohibición se debería aderezar con una buena paliza a todo aquel que osara perpetrar cualquier publicación sin estar cualificado para ello. Pin, pan. Con una buena vara de avellano en las costillas. Toma ahí. Por gilipollas. Pero tú que te has creído, majadero. ¿Acaso existen cirujanos aficionados? Pues no. Y con la literatura debería pasar lo mismo. Que de artistillas está el mundo lleno. Y yo ya estoy hasta la polla de artistillas. Empezando por mí. Me caen gotas de sudor por la barriga. ¿Qué día será hoy?, ¿Martes?, no, espera, miércoles creo. ¿Y el mes?, ¿Abril?, ¿Mayo?. Ni lo sé ni me importa, qué huevos. Hace tiempo que no me importa tener o no tener un sentido práctico de la vida. Amanecer y arrear con lo puesto. Y buen descojono. Y a tomar por culo el circo. Total, de qué preocuparse. Yo siempre digo que hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que me muera esta noche: o me muero o no me muero.

Cruzo la Avenida de Bilbao y paso por la Plaza de los Difuntos, en dirección a la parte vieja del barrio. En la acera del Club de los Jubilados me encuentro al Pichita. Hacía tiempo que no lo veía. Debe de haber estado en el talego otra vez. Siempre que me lo encuentro me acuerdo de la historia que cuenta de cuando fue a atracar el casino en el que curraba. Dicen que se presentó en el casino con una careta del pato Donald y una recortada. En cuanto entró por la puerta y dijo esto es un atraco se debió reír de él hasta el tonto de la goma. Pero Pichita, qué hostias haces, deja la cacharra, desgraciao, que te vas a meter en un follón. Y él que nada. Que no soy el Pichita y que me des la pasta que te frío los huevos de un tiro. Con una careta del pato Donald. Manda cojones. Seguro que habría visto alguna película yanqui de atracadores y se le iluminó la bombilla, al compadre. Esa debió de ser la primera vez que pisó la cárcel. Debió de gustarle porque en cuanto salió del maco lo primero que hizo fue sacarle los sesos a su madre con una cuchara después de abrirle la cabeza con la pata de un futbolín que tenía en casa de cuando era crío. Tenía diecisiete años. Ahora tiene cuarenta y no habrá pasado en libertad ni cuatro desde la primera vez que le echaron la cancela. Al pasar por su lado no hago ni mirarle. Hoy no estoy para que me dé la chapa nadie. Además, todavía me debe cien duros que le presté un día de debilidad samaritana que me lo encontré tirado todo chutao encima de un coche en la puerta de los municipales. Si el que no me de la paliza sobre lo puta que es la vida y lo que quería a su madre me cuesta cien duros de por vida pues alabado sea el Señor. Cien duricos de tranquilidad auditiva. Seguro que se acordaba bien poco de lo que quería a su vieja cuando le estaba endiñando con la pata del futbolín. Anda y te mueres por ahí. Me mira de soslayo pero su deuda para conmigo le impide acercarse a darme la catequesis.

-Con Dios, José, con Dios.

No le hago ni responder. Ahí lo dejo con sus bermudas de colores y la camiseta del Mundial 82 con el Naranjito dibujado. El hijo puta no tendrá donde caerse muerto pero siempre lleva el petardico en la boca. En este barrio el más tonto hace relojes. Lo que no sabe este ignorante es que en cualquier subasta de frikis, sí, de estos gilipollas que pagan tres mil duros por un tebeo de Spiderman, se sacaría unos cuartos vendiendo esa camiseta. Me vuelvo hacia él.

-Eh, te doy veinte euros por la camiseta que llevas.

-¿Por cuala, por ésta?- dice agarrándola de la pechera.

-Si, coño, por esa, veinte euros.

-Pero si ésta me la dieron con un bote de Colacao.

-Bueno, pues yo te doy veinte euros.

Se queda un rato dubitativo con los ojos entornados y el humo del petardo entrándole por la nariz, como sopesando el valor sentimental de la prenda, que yo sé que le suda el pepino. A un tío que mató a su madre por nada que coño le va a importar desprenderse de un andrajo.

-¿Y pa qué la quieres tú?- me pregunta echándose el pelo hacia atrás, como si fuese el moderador de la subasta.

-Pues porque resulta que el material del que está echa esa camiseta es el perfecto para limpiar la vitrocerámica de mi casa, fíjate tú. Y mira que la suelo limpiar con líquidos y eso, pero nunca se me queda bien, Pichita, compadre. Y es que ya nada se hace como antes, ¿qué no?

Lo he descolocado del todo. No sabe si darme la razón, reírme la vacilada o cagarse en mi puta madre, pero en cuanto saco los veinte euros se le olvida todo y se quita la camiseta. Al quedarse con el torso desnudo me fijo en sus tatuajes talegueros. En el pecho lleva tatuada una cara a tamaño natural del Cristo del Gran Poder con facciones mongoloides. Alrededor del cristo frases memorables: “Pichita no te quiere”, “No te olvido Rumbera”, “Tercio Sahariano Don Juan de Austria”, “Morir matando”. Aunque hay una que me pone los pelos de gallina. La tiene tatuada en el espacio que le queda entre el cristo y el cuello. Le llega de hombro a hombro. “PERDONAME MADRE”. Agarro la camiseta y, sin despedirme, salgo de la calle dando un rodeo por las chabolas de Santa Juliana. No me quiero encontrar con más taladrados hoy. Ya vale, joder. Bastante tengo con aguantar mi propio desequilibrio.

En la puerta de la primera de las chabolas hay dos gitanicos jugando en un charco mezcla de barro, mierda y algo así como gasolina o aceite. No tendrán ni nueve años entre los dos. En cuanto me ven salen corriendo hacia mí. El mayor de los dos lleva unas velas que le llegan hasta la barbilla. Los dos están desnudos.

-Un eurico, payo, un eurico.

-Venga, venga, a tocarle los cojones a otro.

-Venga, rabón, un eurico, tus muertos.

-¿Qué sois, los sordos del poblao?, ¡a tomar por culo, hombre!

De la chabola sale un gitano de unos veinte años con el torso desnudo. Lleva tanto oro colgando del cuello que si lo vendiese se podría comprar un chaleto de los guapos, de los que están haciendo por donde las piscinas. Me mira fijamente apoyado en el dintel de la puerta. Saca un paquete de Ducados y se enciende un trujas. Se me acerca.

-¿Qué, no te acuerdas de mí?

Me pilla de sorpresa. Creo que no tengo ninguna deuda ni trato pendiente con ningún gitano. Creo. Aunque vete a saber. Esta dispersión mental de los últimos meses igual me ha hecho perder los papeles del todo y la he liao con alguien.

-Pues no, compadre, ahora mismo no sé.

-Cuando era churumbelico me regalastes una bici, una Torrot con asiento de moto, ¿te acuerdas o no?

-¡Hostias, Tomasín!

Igual hacía diez años que no lo veía. Si, por ahí, diez años fácil. Entonces Tomasín tendría unos ocho o nueve años. Siempre iba con su hermano, el Alfonso, que sería un año mayor que él o así. Cuando nos juntábamos la cuadrilla en la Plaza de los Caracoles o en Los Montones a bebernos unas Sanmis y a fumar algún chiflillo siempre andaban por ahí remoloneando. Que si dadnos un cigarrico y unas caladicas de eso. Siempre desmadrados. Analfabetos perdidos. Su padre era el chatarrero del barrio y bastante tenía con lo que tenía como para tener que ocuparse de esas dos balas. Siempre aparecían los dos montados en una bici de carreras a la que le faltaba el neumático de atrás. Iban a llanta libre. Montando una ruidera del cagarse. Anunciando su llegada desde dos calles más allá. Nosotros les mandábamos a por un paquete de rubio o a por unas garimbas y a cambio les dábamos unos cigarros o unas caladicas del peta. Cuando le pegaban unos tientos al porro se ponían de lo más gracioso. Todavía me acuerdo de la rumba que siempre cantaba el Tomasín cuando se ponía moradillo.

… preguntas que quién soy yo, me gustan las borracheras y acostarme con el sol, de noche estoy con la luna, escuchando a Camarón…

Recuerdo el día que aparecieron los dos compungidos, con lágrimas en los ojos. Tomasín traía un lado de la cara hinchado y cojeaba.

-Pero qué ha pasado, Tomás, os la habéis dao con la bici, ¿no?, si ya te decía yo que con esa rueda un día os ibais a matar, hombre de Dios.

Miraban hacia otro sitio, con ese orgullo primitivo de los gitanos que tanta envidia me da.

-No, que nos han quitao la bici de la puerta de la chabola, ja. Algún hijo puta, ja, mala muerte tenga.

-¿Y lo del ojo y la cojera?-le pregunté al Tomás.

-Que encima se ha enterao el bato y me ha dao una paliza que casi me mata. Mala ruina.

Y mi compadre de correrías de aquellos tiempos, el Panda, le soltó la gracia del día.

-Pues daos una vuelta por Santa Juliana, que fijo que os la han quitado los gitanos, primo.

La carcajada fue general. A mí maldita la puta gracia que me hizo. Así que me fuí al trastero de mi casa a buscar mi bici de cuando chinorri y se la regalé. Una Torrot con el asiento de una Mobilette Ciudad. Cuando se montaron en ella para irse al poblao sus miradas reflejaban agradecimiento y respeto.

-Oye José, una cosica.

-Dime, Alfonso, compadre.

-No, que si ves a mi padre por ahí antes que nosotros pues a ver si le puedes decir que la bici nos la has regalado tú, que ya me veo llegando a la casa con la bici y se va a creer que la hemos robado y nos va a meter otra somanta.

-Tirad tranquis, no hay lío, yo se lo digo.

Ahora habían pasado diez años. Diez putos años. Tomasín se había transformado en un camborio hecho y derecho, con una poblada barba y greñas a lo Camarón, pero seguía teniendo el mismo semblante triste de la última vez que lo vi. El semblante de un niño al que le acaban de robar la bici. Una bici sin neumático trasero.

Tomás se me acerca y se agacha ligeramente, lo justo para agarrar del cuello a los dos gitanitos y empujarlos hacia la puerta de la chabola.

-Hala, padentro, venga.

Me ofrece un Ducados. A mi el tabaco negro me da puto asco. Todo lo relacionado con el tabaco negro me trae malos recuerdos. Pero se lo cojo. Diez años de separación de bicicletas bien valen un truja. Me ofrece fuego con un zippo dorado.

-¿Es de colorao?- le digo señalando con la cabeza al mechero.

-Claro, válgame, hombre.

Se crea una situación incómoda y cómica a la vez. Allí, en el camino sin asfaltar de las chabolas de Santa Juliana. Un gitano descalzo y pequeño, con anillos y medallones que brillan a la luz del sol de Mayo-¿o es Abril?- frente a un payo con camisa de cuadros y barba de dos meses, uno ochenta de estatura y más de cien kilos. Una especie de combate de esos de lucha mejicana o algo así. No. Es más bien un desafío entre pistoleros. Echándose humo de Ducados en la cara antes de disparar algún recuerdo que mate al adversario e irse a casa a recordar aquellos tiempos en los que bastaba una bici para pasar la tarde. Aunque no tuviera neumático trasero.

-¿Y tu hermano, el Alfonso, qué vida?

Por un instante parece evadirse del mundo. Se le acaba de descascarillar algo por dentro. Le da una fuerte calada al cigarro y me responde mirando al suelo.

-Se murió, ja. El pobrecico. Se lo llevó palante un payo borracho con un bemeuve.

-Vaya por Dios.

La madre que me parió. No se me puede ocurrir una respuesta mejor. Vaya por Dios. Pero seré bobo.

-¿Y sabes qué? -me dice, sonriente- iba montado en la bici que nos regalastes. En la Torrot con sillín de moto.

Le da una calada al truja hasta que lo deja incandescente y lo arroja con furia al charco en el que jugaban los churumbeles. Me mira sonriente.

-Oye, no querrás algo de potrico o de manteca, compadre. Te hago buen precio, ja, y te la doy de la que tengo casi sin cortar. Oles que te van a hacer los ojicos chiribicas, ¿eh?, venga, a cincuenta euros el gramico de ala de mosca, me maten, que de olerla se te pone la tranca como un puntal. Ay, lo que yo te diga, chache.

Del bolsillo interior del pantalón saca el chivato de un paquete de tabaco con perica. Le mete dentro la uña del meñique de la mano derecha y me la ofrece.

-Ale, dala padentro que la sopla el aire, chacho.

-Que va, Tomás, gracias tito, pero hace dos años me dio una taranta a la cabeza que casi me voy pal más allá y desde entonces no me endiño nada. Gracias de todas formas, compay.

Nunca fui muy de drogas. Lo típico, con quince o dieciséis años los porricos y eso. Algún gramico de espid si íbamos de concierto y poco más. Pero nunca más allá. Más que todo porque no teníamos ni un puto duro y la perica la andaban puliendo a doce verdes el gramo. Con doce verdes comprábamos una pelota de espid que no había Dios que te parara la mandíbula. Buf. Me acuerdo que una vez me echaron de una fábrica de direcciones de coche en la que curraba con mi viejo y me dieron cuarenta mil duros de finiquito. Cuarenta mil duros del año noventa y cuatro. Y el José con dieciocho años. Compré quince gramos de veneno y nos fuimos a ver a La Polla Records. Allí se endiñó espid hasta el apuntador. Pimpi, pampa. Gramo va, gramo viene. Recuerdo que al meterme la raya número catorce o la quince me dio un arrebato y tiré todo el veneno por el váter. A tomar por culo. Se acabó el endiñe. Creo que fue la última vez que me metí algo. Ah, no. Después me comí un tripi en los Sanfermines del año que conocí a Lucía. Joder que descojono. Los dos por todo el Chino meándonos de la risa y diciéndole a una camarera de las txoznas que tenía una nariz como un pomelo que a ver si era la hermana del Rosendo, el de los Leño. Ah, bueno, y en un Nafarroa Oinez hace tres o cuatro años también me comí un ajo con mi compadre el Peras. Si, pues esa sería la última vez, si. No, no, ha habido más veces, hombre. Hostias, pues haciendo cuentas no hace tanto que me dejé de meter, me cago en la puta. También está la vez que en Nochevieja, en el Alegría, un gabacho se le enganchó del cuello a la Lucía y le quería dar un beso. El hijo puta. Por la fuerza. Lo saqué del bar enganchado de la nariz con una mano mientras con la otra le iba metiendo puñetazos en una oreja. Cuando llegamos a la calle ya iba medio inconsciente. Después lo pateé con saña en el suelo. Con rabia desmedida. Liberté, igualité y la puta de tu madre, hijo de perra.

A todo esto Tomás se ha metido mi uña y se ha encendido otro Ducados. Sorbe por la nariz con fuerza. Se atusa el pelo nerviosamente.

-Pues nada, tito, pa cualquier cosica ya sabes donde está el Tomasín. Hala, nos vemos, chacho.

En el momento en que Tomás se mete en la chabola se hace de noche y empieza a refrescar. Me quedo como un bobo en el medio del camino. Mirando al charco que ha sido testigo mudo de diez años de recuerdos en apenas diez minutos. Me doy la vuelta. Mañana iré para la parte vieja del barrio, a ver qué pasa. Ya es un poco tarde y Lucía está a punto de llegar del curro. A ver si le apetece y vamos hasta el Eroski a comprar unas cervecillas y unas pizzas para cenar. Me enciendo un Marlboro con un mechero del Bar El Nido. Especialidad en Cocido y Frituras Variadas. Trato Familiar y Ambiente Agradable. No Se Barre Al Mediodía. Pienso en el zippo dorado. En Camarón. En el chatarrero. En Alfonso. En la Torrot con sillín de moto. En un malnacido conduciendo un bemeuve hasta las cartolas de cubatas. Ese es mi problema. Siempre, en cualquier situación, acabo pensando demasiado. De nada me valen estos últimos meses de entrenamiento autista. De nada. Pienso en cómo no pensar y me agoto y me cabreo y me cago en todo el santoral y se me van los días. Pensando. En como inutilizar todas mis neuronas. Creo que con dejar una que active mi sistema excretor para no cagarme encima sería suficiente. Pero no hay manera. En estas se ha hecho de noche. Una noche negra como el culo de un lobo. De las que a mi me gustan. En el camino de vuelta no se ve ni el escupir. A lo lejos las luces de Barrizal bailan en extraña mezcolanza con las del Eroski, las del Decatlon y las del Idea. Miscelánea de ofertas, demandas y tristeza infinita de puertas adentro. De seis a dos. De dos a diez. De diez a seis. La luz bastarda de los que desean encontrarse con Dios de una u otra manera. Para ajustarle las cuentas, supongo. O para arrodillarse a chuparle los huevos. Y en ese enjambre de bombillas me gusta pensar que falta la mía. Aunque sé que está ahí. Esperándome.