(Prólogo al poemario Resiliente, de Hovik Keuchkerian)

Aún no he oído la campana

Mi poesía consistirá,
sólo,
en atacar por todos los medios al hombre,
esa bestia salvaje,
y al Creador,
que no hubiera debido engendrar
semejante basura.

Isidore Ducasse

Al principio fue el verbo. Ya. Mentira puta. Mentira gorda como el cuello de un cantaor. Al principio fue el tú o yo. El morir o matar. El comer o ser comido. El no me esperes que lo mismo no vuelvo. El gano luego existo. Pone los pelos como escarpias el ver que, en tantos milenios de supuesta evolución, el modus operandi para el modus vivendi siga siendo el mismo. Más informatizado, con muchos más pixeles, pero igual de tangible y cruel. Nada deshumanizado, no nos equivoquemos, al contrario; cada estúpido acto que ejecutamos deja clara nuestra condición de animales depredadores, de competidores natos, de machos alfa y, por contra, de seres absolutamente prescindibles.

Usted se preguntará, querido posible lector, a cuento de qué viene esta reflexión-disertación acerca de la obra de Hovik tan pedante como a todas luces inútil. Si le digo la verdad, yo tampoco lo tengo muy claro, pero le pongo en situación.

Hace cuatro años se hallaba un servidor presentando un libro por tierras del levante. Lo de presentar un libro, en este caso, se puede considerar un eufemismo, ya que de lo que en realidad se trataba era de comprobar cuantos litros de espirituosos de alta graduación era capaz de albergar un cuerpo humano en un fin de semana. En uno de los impasse que utilizaba para actividades mundanas, mis compadres Sergio y Ángela me comunicaron que, en la sala ubicada justo debajo de su piso, actuaba esa noche un monologuista de nombre Hovik y de apellido impronunciable que era muy bueno y que lo mismo nos podíamos pasar. Yo dije que mientras el local en cuestión tuviera barra y alguien dispuesto a atenderla me parecía un plan tan perfecto como cualquier otro: a mi hígado lo mismo le daba.

El local era bastante pijo y estaba abarrotado. Yo llevaba dos días de tournée y no estaba para muchos molinillos, así que cogí sitio en la barra y me dispuse a ver un espectáculo que, a la postre, resultó revelador en muchos aspectos. Para empezar, el tipo que apareció ante mis ojos llevaba barba. Bien. Siempre me ha gustado la gente barbada. Tengo una teoría que ahora no viene a cuento en la cual defiendo que los designios de la humanidad han sido proclamados por gente con barba. Pero esa es otra historia. Creo que estamos de acuerdo en que la comedia nace del dolor. Y ahí lo había. No sé en forma de qué, pero lo había. Por mis muertos. Primigenio, como el llanto de un recién nacido. Ancestral, como un alarido ante una perdida irremediable. Creo que Hovik y yo fuimos los únicos que no nos reímos en todo el espectáculo. Me gusta pensar que, por esa razón, fui el único que entendió su discurso; lo que estaba narrando aquel hombre tenía de todo menos humor: eso era poesía en estado puro. Así se lo comuniqué a mis compañeros que, como siempre, me dijeron que estaba zumbado y que ya vería cuando Hovik contara una historia acerca de unas croquetas que, también me gusta pensar que fue por tocar las gónadas, no contó.

Al día siguiente, Hovik tenía actuación en el mismo local y les comenté a mis compadres la decisión de volver a verlo. Ellos no estaban por la labor ya que, según dijeron, el monólogo iba a ser el mismo y además no incluía lo de las dichosas croquetas. A mi lo de la fritanga me la sudaba, yo lo que quería saber era si lo que había experimentado la noche anterior había sido producto del cansancio, de las sustancias, o si verdaderamente lo que mis ojos habían presenciado era a un niño en el cuerpo de un gladiador diciendo a voz en grito, entre las carcajadas de los presentes: ¿Pero no veis que el rey está desnudo, so gilipollas?

Así que volví al local en perfecto estado de sobriedad. Lo sabía. Las sensaciones se multiplicaron por cien. Por mil. El rey seguía desnudo y los asistentes se reían con aquel niño que se revolcaba por el escenario mientras transpiraba mares de dolor. Me angustió. Me dieron ganas de apartar al gentío a puñetazos, subir a las tablas y abrazarlo fuerte. Me dieron ganas de sacar mi Documento Nacional de Identidad y quemarlo. Me dieron ganas de ser poeta. Y, sobre todo y por encima de todo, me dio vergüenza de ser humano. Al finalizar la actuación le zarandeé la mano sinceramente, nos bebimos un par de copas y le regalé, no sin cierta vergüenza, el libro de marras al que tan agradecido estoy, más que nada porque me llevó hasta él.

Él no lo sabe, porque desde aquella noche no nos hemos vuelto a ver, pero supe, desde el momento en que nos despedimos en la puerta de un parking, que Hovik no busca la risa sino la complicidad de los inadaptados, de los malheridos, de los que se tienen en pie después del combate, de los que se ríen de todo menos de lo que no tiene ni puta gracia.

Sabía que en algún momento de la vida nos íbamos a cruzar. Hace una semana me llamó pidiéndome unas líneas para su nuevo trabajo. Me lo envió. Resiliente. No se me ocurre mejor título. Lo escucho y leo con deleite y atención. Han pasado cuatro años y todavía le duele lo que en aquel momento le estaba matando. Sigue aullando entre la multitud. Sigue con la mirada cristalina. Sigue revolcándose por la ceniza de lo que pasó y pasará.

Desconozco si Hovik lo que quiere es que desgrane en estas líneas un análisis de su nuevo trabajo, pero me sobrevalora: eso yo soy incapaz de hacerlo. Nada de lo que escriba puede estar a la altura emocional de sus textos, de su voz. Nada puede hacer mi inútil tinta salvo subir en cuanto pueda al cuadrilátero, ponerse a su merced, aguantar hasta el último asalto y, cuando suene la campana, mirarle a los ojos y, quizás en ese momento, sonreír.