Los potros del tiempo (2022)
Letras
1. Otra cicatriz
Quiero que me espere en otra vida
una luna de tetas caídas que
con presente se engalane.
Otro calendario enloquecido
con el que limpiarme el ojo y puede ser
que la lengua se desmadre.
Y puede que deje de humear
la almohada calcinada que puse a cavilar.
Que atruene, que deje de penar
mi boca adormilada…
Que escupa otra estrella fugaz.
Sé que la mañana lo sabía,
por la reverencia que me hacía al ver
tanto pecho, tanto alarde,
tanto rabo de león dormido
y el ronqueo del ratón que sabe que
siempre es demasiado tarde.
Y puede que tenga que planchar
la muda de poeta que me dejó el azar.
Si vienes, se aleja el temporal,
desfilan los cometas.
Vuelvo a descoser la cicatriz
que de par en par cerró el olvido.
Vuelvo y volveré siempre por ti,
mientras brote sangre del ombligo.
Te juro que quiero y no puedo
dejar de buscar la canción
que no tema pisar la hierba.
Te juro que puedo y no quiero
echar las palabras al vuelo y que,
al revolotear, se pierdan.
2. Buena muerte
¡Suerte!
Que tengas buena muerte,
que bostezando sea,
que muera por dolerte.
¡Suerte!
Cuando se desarme el sol,
te hablará del desamor
y no habrá donde esconderse.
Azul…
No veo nada azul
rebuscando en la huesera,
pero prenderé una hoguera
con madera de ataúd,
por si vinieras tú
y no morir quisieras.
Vente, con la corteza ausente,
que en mi rincón no caben
manzanas ni serpientes.
Vente al paraíso del lirón,
de las camas sin hacer,
del despertador inerte.
Azul…
¿Dónde estará el azul
que me prometió la aurora?
Dicen que llegó su hora
y que me aguarda en el baúl
en el que ríes tú y los luceros lloran.
Seguiré tu estela,
no me importa adónde irás,
no me importa lo demás.
Y azul…
Será por siempre azul
la sombra que me espera.
3. Se acaba el baile
Me gusta el repicar de pulmones al alba.
Me embriaga el dolor de la nuez que partí
y su blasfemia de anís.
Me enredo en los cordeles que desata la calma
que anida en lo poco que no derruí,
que luce un collar de mastín.
Me aterra que se alargue la sombra alargada.
Me abismo en los pasos que están por venir
y en su vagido infeliz.
Me escapo sonriente de los lechos de malvas:
¡Guardad los cubiertos, que no habrá festín!
¡Que no me han podido abatir!
Y el resuello del volcán
me sorprenderá otra vez
con la cara sin lavar.
Que la demora del silencio
se quede para siempre junto a mí,
que el relámpago no deje en paz al rayo.
Si los despojos del invierno
se alejan de la vida por vivir,
no me encharcará los ojos
este baile de caballos.
Y los cuervos me dirán
que la danza se acabó…
Y me dejaré llevar.
4. Nuestra fosa
Ahora que estamos solos
voy a contarte el cuento
de la gangrena del querer.
Un cuento amargo
como un otoño largo,
saliendo del letargo,
queriéndonos comer.
Te contaré del aire
que no enjaulaba nadie
y que apresé para los dos.
Un soplo impuro
que no aflojó los nudos,
que no tiró los muros
de nuestro corazón.
El día languidece,
la tarde es tan cobarde
que no se atreve a perecer,
y nuestra fosa
vomita mariposas
tan bellas y furiosas
como un amanecer.
Se fue la luz, y entonces lo vi todo
brillando desde el lodo,
y te ofrecí mi canto de avestruz
y un vendaval de besos desmedidos,
que nada está prohibido
cuando oscurece y apareces tú.
Y en cuanto el cuento acabe,
no habrá vuelta de llave
y otro demente creerá,
frente a la nada,
con las alas tatuadas,
que nada es como acaba
y volverá a empezar.
5. Más me duele a mí
Llené de abrojos la desdentada tierra
que me roía la raíz
con un cepo en la siniestra,
en la diestra un tamboril
y la portezuela abierta.
Tú dices que te duele el tiempo…
¡Ay! Más me duele a mí,
que me cuelga del pescuezo.
Su llanto de badajo viejo
manará febril…
Y a tomar por culo todo lo que fui.
He mancillado tanto papel mojado
que voy ciego de humedad,
perdido como La Parrala,
con vinagre en el cantar
y beoda la mirada.
Tú dices que te insulta el viento…
¡Ay! Más me duele a mí,
que lo añoro y no lo encuentro
para que sople en mis adentros,
fuera del carril, avivando el paso lento.
Pero la noche devoró las velas,
se empachó de cera y, antes de marchar,
en el suelo me dejó monedas,
el calostro de los bares
y un piropo de ramera.
Los aguadores se fueron despidiendo…
¿Ahora quién me silbará
cuando me salgan al encuentro,
para hacerme tropezar,
los corceles del recuerdo?
Tú dices que te hiere el sueño…
¡Ay! Más me duele a mí,
que me agrieta si me empeño
en desterrarlo del espejo,
para sonreír y que esperen los infiernos.
6. Lo habido
No se abrirán las aguas ni arderá el zarzal,
si acaso, las nubes clamarán
que ya hay bastante mierda en este muladar.
Me mirarán mohínas y querrán bajar
a joderme septiembre, pero jamás podrán.
No habrá resurrección ni bodas de Caná,
quizá desconsuelo…
Ni en la orilla dejaré semillas ni estatuas de sal.
Ni madrugada en celo a la que cortejar,
ni un aliento de menos, ni tela que cortar.
Detrás de las cigüeñas me guareceré,
desnacido, a rebañar despacio, si pudiera ser,
el último suspiro antes de renegar
de lo habido, de su sinsentido, de lo que vendrá.
Si arribo a la penumbra para dar que hablar
y me echan el alto,
de la manga sacaré unos cuartos y algo que contar
para el alabardero y el espino en flor:
rellenaré el sombrero y subirá el telón.
7. Esta puta soledad
Se afeita el cielo para que no lo mires,
por eso yo te espero aquí,
dejando crecer mis jardines,
radiante como un funeral,
entrando en el armario
a por el beso agrio que me besará
cuando nuestro reloj se oxide.
La quijotera, saliendo de maitines,
se embala por el pedregal
e intenta apagar los candiles.
Fracasa y se harta de rodar,
le aplauden los andamios,
le abuchea el patio y se levantará
fumándose los polvorines.
Que mi alarido se folle al olvido
nunca he pretendido;
sé que solo quedará esta puta soledad
de tragos tristes en vasos heridos,
de lo que me diste, de lo que no volverá…
Esta puta soledad.
Me carcajeo, sentado en los raíles,
bebiéndome la tempestad,
haciendo sonar los clarines,
sabiendo que no escampará,
y me pondré al sogato
deshojando el rato que me ha de quedar
cuando el camino se me olvide.
8. Ceniciento
Los quinquilleros ya no me quieren
y los murciélagos nunca me vienen a ver,
y las nieves de ayer platearon mis sienes
igual que a Gardel, y este hielo,
que contigo no sabe qué hacer,
si fundirse o volverse a romper,
me ha vestido de miedo,
por eso cimento mis pies.
Los pregoneros me andan buscando,
las hojiblancas están que no viven por ver
si me tiro del tren, colmado de tumbos,
y vuelvo a volver a su lado,
como un pródigo arroyo de ron
que se seque al sentir su calor,
que agusane las horas
y al cielo le arranque el faldón.
Y me he sentado a la mesa
de aquellos que besan por última vez,
regalando pavesas que incendian la piel,
muriendo de sed;
que han robado a la luna
su manta y su cuna por verme crecer
sin prisa ninguna.
El gallinero quererme quiere,
yo no me dejo y, de lejos, lo escucho latir,
que si solo me vi no fue por bellaco,
que fue por cerril y agorero.
Y, aunque quise cambiar de color,
las agujas dijeron que no,
que nací ceniciento y será
cenicienta mi voz.
9. La grillera
Aquí me hallo,
con porte de martillo,
tal que un chiquillo sin desbravar.
No me hables de sosiego:
tan solo anhelo centellear.
Sólo una vez más, y que los años duelan
surcando suelas, pidiendo pan,
que el día, al despuntar,
no me abrirá la puerta
de la grillera.
El aleteo será de buen agüero
y habrá revuelo para yantar.
Que empiece la taranta
que desencanta, que acaba mal.
Dejo en el hogar, de cuando estuve loco,
algunas cuentas por ajustar,
y salgo al cenagal de lágrimas que matan
de poco en poco.
Los añicos no serán de porcelana:
al romper el sol, habré de descansar.
Que se queden desnudándose las ramas:
cerca del final, despiértame,
que quiero entre las brasas caminar.
Un ancla rota será lo que me lleve
de vuelta a casa tras naufragar;
que digan las gaviotas:
–“¡Qué bien que hueles a libertad!
¡Quédate a volar! Verás arder las naves,
y tus pesares verás pasar en pos de otro lugar
en donde enamorarse de otros cantares”.
10. El más sucio de los nombres
Salió, derrumbando el brocal el amor,
a clavarme la espuela y no sé
si abrazarlo, soltar a los perros o echar a correr.
O, tal vez, sepultarlo con un aluvión
de poemas que nunca escribí, de tan malos,
de piedras y palos, de cardo y jazmín.
De mucha nadería, de poca desazón,
de destripar el día a golpe de tacón,
de dulce lejanía, de duro mascarón…
De fallecer contigo.
Rompió la armadura y pintó con carbón
la cordura, y no supe por qué
la amargura de mis asaduras le dio por morder.
Y le hablé de horizontes de negro satén,
de los dedos enfermos del mar,
de serretas, podridas carretas y fino cristal.
De crestas y espolones cargados de razón,
del ruido de vagones que nunca se alejó,
de insomnio en los cajones,
de lastre en el riñón…
De renacer contigo.
Ensucio su nombre, su estampa y su olor,
por lo que nos hizo a los dos,
por hurgar en las venas y huir,
por cada patada que dio al corazón,
por todo lo que ensombreció,
por la tinta que le di.
De sietes y puntadas, del humo sanador,
de lo que en ti empezaba, de lo que en mí murió,
de polvo en las aldabas, de lava en el colchón…
Y me quedé contigo.
11. Te voy a decir la verdad
Mi cabeza es una gruta por tapiar,
una alfombra de navajas,
un solar hambriento de trigo,
sopa boba que se me atraganta,
una loba que no me amamantará,
un árbol caído.
Es un vertedero, una poza, una espita,
el verso certero que no necesitas tener
bullendo en la cama.
También es un Cristo al revés,
corneja y cimbel,
la huella del hombre que no quise ser…
La pura desgana.
Y cuando campanea te dice al oído:
–“Llórame como es debido
cuando me eches a faltar”.
Maldice a las polillas que no la cortejan,
que a solas la dejan sentir
cómo hierve entre oreja y oreja
un río maloliente que se despereza,
que vuelve de nuevo a teñir
de azabache su antigua tristeza.
Mi cabeza es el balcón de un lupanar,
una tromba de licor, un cigarral,
un bronco ladrido,
una almena que se desmorona,
la corola que se empieza a desgastar,
un monstruo vencido.
Y cuando campanea te dice al oído:
–“Llórame como es debido
cuando me eches a faltar”.
Maldice a las polillas que no la cortejan,
que a solas la dejan sentir
cómo hierve entre oreja y oreja
un río maloliente que se despereza,
que vuelve de nuevo a teñir
de azabache su antigua tristeza.
Mi cabeza es donde nadie quiere entrar.